| Por Hna. Guadalupe Flores, OLVM

Ser misionero hoy en día

“El motivo de la misión brota del amor de Dios por todos los hombres” (El Catecismo de la Iglesia Católica 851).

Las misiones son una clara expresión de lo que Cristo nos dijo en el Evangelio de Marcos: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (16, 15). Desde el inicio —desde los primeros discípulos y hasta hoy en día— toda la Iglesia ha sido enviada a anunciar la Buena Noticia con obras y palabras.

Sobre todo, dando el amor de Dios a todas las personas con las cuales entramos en contacto. Pensar en las misiones nos lleva a reconocer que todos estamos invitados y llamados a ser discípulos misioneros por nuestro bautismo. En el mes de octubre, dentro de nuestra Iglesia Católica, recordamos el mes de las misiones.

Por esta razón, me gustaría compartir una reflexión personal.

Hace mucho tiempo me preguntaron qué fue lo más hermoso que encontré en la misión. Mi respuesta, sin dudar, fue que había experimentado y encontrado el amor de Dios en la misión. La misión no es solamente la entrega del misionero; es un inmenso regalo para la persona.

En el tiempo en el que estamos viviendo, estamos marcados por la rapidez, las incertidumbres y las heridas causadas por la sociedad. Ser misionero no significa, como antes, cruzar mares o ir a lugares alejados. Hoy es aprender a caminar con los demás en medio de sus angustias, logros, alegrías y desafíos. Desde mi punto de vista, hoy en día la misión tiene que ver más con estar que con ir a otro lugar; con escuchar más que hablar; con acoger más que juzgar. El Papa Francisco declaró que “la misión es fundamental para la vida cristiana, un ‘oxígeno’ que nos da vida y sentido” (Obras Misionales Pontificias).

Desde nuestra fe en Jesucristo, podemos entender que la misión no es solamente la evangelización —ni mucho menos pensar que es una vocación para algunos—, sino que es lo esencial de nuestra identidad cristiana. Por lo tanto, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Anunciar a Cristo vivo y resucitado es la misión de todos los bautizados.

En la actualidad, un misionero se parece más a un peregrino que sabe caminar con los demás, buscando a Dios en el diario vivir y dejándose transformar en su caminar. No es suficiente hacer algo por los demás. Lo más importante es estar con el otro, convivir, compartir y ser empático con su realidad para dejarse evangelizar. En esta convivencia abierta, auténtica y sencilla, se da vida al Evangelio.

Un misionero no siempre tiene las respuestas a todas las situaciones que se le presentan en la vida cotidiana; más bien, trata de vivir y transmitir esperanza, acompañando a cada uno en su realidad y siendo signo visible del amor de Dios. “Para el Papa Francisco, la misión implica un compromiso total, donde cada uno de nosotros debe dar lo mejor de sí, con esfuerzo, creatividad y generosidad” (OMP).

La realidad en la que estamos viviendo se caracteriza por una diversidad de situaciones: familias que viven en soledad, migrantes que huyen de las carencias de sus países, pueblos indígenas en busca de reconocimiento, ambientes digitales donde se busca ser aceptado por otros y diversas realidades donde parece que se va perdiendo la fe.

Es en esta realidad donde el misionero debe actuar hoy en día, anunciando a Jesús humano y cercano. El Papa León XIV escribió: “Sean entonces ustedes agentes de comunión, capaces de romper la lógica de la división y de la polarización; del individualismo y del egocentrismo. Céntrense en Cristo, para vencer la lógica del mundo, de las ‘fake news’ (noticias falsas) y de la frivolidad, con la belleza y la luz de la verdad” (Jn 8, 31-32).

Por lo tanto, ser un misionero hoy en día nos pide ser innovadores, aprendiendo nuevas maneras de hacer presencia: en las redes sociales, en la escuela, en los hospitales, acompañando a los jóvenes, a los adultos mayores y, sobre todo, cuidando el medio ambiente. 

Como decía el Papa Francisco: “Que las palabras vayan acompañadas de la caridad, y que la virtualidad fortalezca la presencialidad, para que la red genere comunión que haga presente a Jesús en su cultura”. 

En este sentido, la misión debe ser sensible a la realidad, ser presencia viva para saber escuchar, caminar y acompañar como Cristo lo hizo en su momento. De igual manera, el misionero o la misionera es un ser humano —hombre o mujer— sensible y frágil, que requiere ser acogido tal como es, con sus limitaciones y con los dones que posee.

Por consiguiente, debemos tomar en cuenta que un misionero, como ser humano, necesita ser acompañado también, porque el cansancio, los problemas personales, la soledad y otros factores afectan su vida. Además, ser responsable consigo mismo no es ser egoísta; al contrario, es parte de su fidelidad a su vocación y a su entrega.

Por lo tanto, la comunidad debe ser un apoyo fundamental para discernir juntos los desafíos de la misión y, sobre todo, para ser un espacio de acogida fraterna y un apoyo sincero. 

Ser misionero hoy en día, sobre todas las cosas, es vivir la misericordia como libertad: no como algo impuesto, sino como un don que se acepta libremente. No como algo que quita la libertad, sino como algo que impulsa a salir. Es confiar en que el reino de Dios ya está comenzando a crecer desde lo más pequeño y que se está afirmando en nosotros.

El Papa Francisco decía: “La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción” (Evangelii Gaudium 14). La atracción es nuestro testimonio de una vida auténtica.


Hna. Guadalupe Flores, OLVM es la coordinadora de Formación de Fe de Adultos para la Oficina del Ministerio Hispano: gflores@charlestondiocese.org.