El perdón sana el corazón
“Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo” (Ef 4, 32).
“Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo” (Ef 4, 32).
El mundo en el que vivimos está lleno de heridas emocionales, causadas por conflictos familiares que generan resentimientos y divisiones dentro de nuestra propia familia y en la sociedad. Hay quienes que cargan durante años con una ofensa, pensando que, si perdonan están aceptando y justificando el mal.
Lo más importante que nosotros los cristianos debemos que tener en cuenta es que perdonar no es una opción. Al contrario, estamos llamados a vivir según las enseñanzas que nos dejó Jesús, escritas en el Evangelio, y a acoger esta enseñanza que nos concede una auténtica libertad. Por esta razón, reflexionaremos sobre el perdón que transforma el corazón y que, ante todo, es la expresión más grande del amor de Dios.
El perdón es la iniciativa de Dios
El perdón ocupa un lugar muy importante dentro de nuestra fe, porque a través del perdón Dios nos muestra su amor. Él es un Padre misericordioso y, por eso, nunca abandona a sus hijos. Por esta razón, el perdón no comienza con el deseo del ser humano, sino con Dios mismo. Es él quien busca al pecador, le ofrece su amor y le abre un camino de reconciliación.
Antes de que uno mismo reconozca su pecado, Dios sale a nuestro encuentro con un amor sin límites e incondicional. El Papa Francisco dice: “Dios nunca se cansa de perdonar… ¡Somos nosotros que nos cansamos de pedir perdón!” De la misma manera, san Pablo afirma: “Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5, 8). Dios nos muestra que él tiene siempre la iniciativa en el perdón.
El perdón sana el corazón
Lo que cada uno de nosotros experimenta en nuestra vida es la falta de perdón. Esto nos deja heridas profundas a causa de las ofensas, de las injusticias y de palabras que nos hieren nuestra dignidad y, sobre todo, nuestro corazón. Si estas heridas no son sanadas, pueden transformarse en amargura, odio y un gran deseo de venganza.
Todo esto no solo afecta al ser humano psicológicamente o emocionalmente, sino que también afecta su relación con Dios, es decir, espiritualmente. Por eso podemos decir que el pecado rompe la relación con Dios; sin embargo, estamos invitados a saber perdonar para sanar nuestro corazón y, de esta manera, experimentar una paz interior que solamente Dios puede darnos. “Sana a los que están afligidos y les venda las heridas” (Sal 147, 3). Este salmo quiere darnos a entender que Dios sana nuestro corazón de los sufrimientos humanos que experimentamos.
En su catequesis sobre la familia, el Papa Francisco proponía tres palabras clave: “permiso,” “gracias” y “perdón”. Él dice que el perdón es una palabra difícil. Y es verdad; sin embargo, es tan necesaria. Cuando falta, se abren pequeñas grietas —incluso sin quererlo— hasta convertirse en fosas profundas.
El perdón en la familia
El lugar donde debemos aprender a perdonar es en el seno de la familia, porque en ella aprendemos los grandes valores del amor, del perdón, del servicio, de la solidaridad, del respeto, etc., valores que edifican una familia sólida y fuerte.
- Una pareja, dentro del matrimonio y como cabeza de la familia, debe saber perdonarse mutuamente. Las Escrituras nos dicen: “Sobre todo, ámense profundamente los unos a los otros, porque el amor cubre todos los pecados” (1 Ped 4, 8).
- Los padres de familia, cuando se equivocan, deben saber pedir perdón a los hijos, para que, de esta manera, les enseñan a reconocer sus errores.
- Los hijos tienen que saber pedir perdón a sus padres cuando se equivocan o cometen algún error.
Una familia donde no se practica el perdón está destinada a guardar resentimientos, odio, desprecio y —por encima de todo— las ganas de vengarse entre sus miembros. Esto rompe la unidad familiar.
La familia que practica el perdón da testimonio del amor de Dios. Así que el perdón no es una opción en la familia, sino una necesidad para conservar la unidad y, sobre todo, fortalecer el amor y crecer en santidad. El Papa Francisco expresó que “… la mejor medicina para curar el dolor de una familia herida es el perdón”.
El sacramento de la reconciliación
Este sacramento de sanación es muy importante dentro de nuestra fe católica, porque es la base fundamental para lograr nuestro encuentro personal con la infinita misericordia de Dios. Por medio de este sacramento, Jesucristo sigue invitándonos a todos a participar plenamente en este misterio de reconciliación con Dios, con la Iglesia y con uno mismo.
Este sacramento no solo es la acción de confesar nuestras faltas ante un sacerdote, sino que se extiende mucho más allá, pues nos lleva a una reconciliación con Dios y con nuestro prójimo. De esta manera, experimentamos la conversión, la sanación y una profunda renovación espiritual.
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofrecieron con sus pecados. Ella le mueve a la conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (1422).
El perdón es una iniciativa de Dios que sana el corazón en la familia. Como sacramento, es una expresión de amor. El perdón no es un sentimiento de debilidad; al contrario, es una decisión inspirada en la gracia de Dios, puesto que participa del corazón misericordioso de Cristo. El Papa Francisco dice: “solamente cuando tu corazón está arrepentido y vas donde él mostrando tu corazón sucio. Ahí conocerás a Dios que perdona e irás en paz porque tus pecados serán perdonados”.
Hna. Guadalupe Flores, OLVM es la coordinadora de Formación de Fe de Adultos para la Oficina del Ministerio Hispano: gflores@charlestondiocese.org.