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 | Por Dr. Mike Martocchio

Participación en la liturgia  eucarística: De la belleza a la bondad

Hace poco reflexionamos sobre la belleza de la Eucaristía. La belleza, junto con la verdad y la bondad, nos permite vislumbrar lo divino. La belleza, dondequiera que la encontremos, nos da una muestra del “siempre más” de Dios, la via pulchritudinis (camino de la belleza) de la que hablamos el mes pasado.

Nunca debemos olvidar que lo bello comunica lo divino. Quiero reflexionar un poco más sobre ese hermoso testimonio en su forma litúrgica y explorar su confluencia con la bondad.

Todos conocemos aquel célebre dicho atribuido a San Francisco: “Predica el Evangelio en todo momento y, si es necesario, usa las palabras”. No tenemos pruebas de que lo haya dicho alguna vez, aunque es coherente con su vida, y se ha convertido en uno de los axiomas más utilizados y en ocasiones abusados. A veces se cita como excusa para no hablar explícitamente de Cristo en público, pero nos enseña algo valioso. Es importante recordar que las palabras a menudo son necesarias, pero a lo que apunta el axioma es a la interconexión entre la verdad, la belleza y la bondad, los atributos que creemos que son reflejos de la trascendencia divina (el “siempre más”) y que, por lo tanto, llamamos los trascendentales.

Vemos este “más allá” en los actos de bondad desinteresados. Por eso la cruz, el acto desinteresado por excelencia, resuena a través de los tiempos y encuentra reflejo frecuente, aunque muchas veces oculto, en la literatura y el entretenimiento. A menudo pensamos en este axioma con respecto a hacer buenas obras; parece que nunca lo aplicamos a la estética. El hecho es que la verdad, belleza y bondad casi siempre van juntas. Por lo general, lo que es verdadero también es bueno y bello. Por ejemplo, no hay nada más bello que la cruz, acto supremo de bondad que revela la verdad en su profundidad. De la bondad de Cristo brota toda bondad por nuestra parte, tanto en imitación como en gracia.

Se trata de la misma belleza y bondad fundacionales que encontramos en el Misterio Pascual a través de la participación en la liturgia eucarística. La parte de la analogía “si es necesario, usa las palabras” se rompe un poco cuando participamos en ritos que implican palabras y acciones. Sin embargo, lo cierto es que la belleza y bondad de la liturgia eucarística y de nuestras acciones litúrgicas (lo que decimos y hacemos) es nuestra experiencia tangible de la belleza y bondad.

Diría que es probablemente por eso que las “guerras litúrgicas” en nuestra Iglesia se libran con tanta pasión. Ahora bien, no me corresponde a mí, ni es mi deseo, sumergirme en esas aguas a menudo tóxicas. En cambio, quiero señalar que uno de los factores que está detrás de los debates y argumentos de todas las partes es el sentido de lo sagrado que emerge de lo bello. Si buscas explicaciones, a menudo descubrirás que los desacuerdos en este terreno se derivan más de argumentos fundamentales sobre lo que constituye la belleza que de sí la liturgia eucarística es bella o no. Tal vez encontrar ese terreno común pueda ayudarnos a alcanzar un alto al fuego en estas discusiones familiares. Al final, todos estamos de acuerdo en que debemos esforzarnos al máximo para comunicar la maravilla de Cristo en el ministerio litúrgico. Con esto en mente, deberíamos hacer todo lo posible por expresar cualquier desacuerdo de una manera que esté de acuerdo con la verdad, belleza y bondad de lo que nos esforzamos por encarnar en la liturgia.

Aparte de estos debates, muchos de los que estamos sentados en los bancos puede que no seamos responsables de la planificación litúrgica. Aun así, en lugar de ser receptores pasivos o críticos, deberíamos ser conscientes de nuestro papel a la hora de contribuir a la estética y al tenor de cada liturgia. Nuestra participación plena y activa es de vital importancia en la Misa. Como mencionamos en la liturgia, es “correcto y justo” que “demos gracias” (recuerda: Eucaristía significa acción de gracias) al Señor.

La verdadera adoración es nuestra responsabilidad como cristianos, y es una forma clave de testimonio cristiano, de la cual fluyen nuestras otras formas de testimonio. Nuestra participación litúrgica es un signo externo de nuestra profesión de fe en aquel que se ha hecho verdaderamente presente y accesible para nosotros en la Eucaristía. Cristo nunca nos da lo mínimo. Siempre va más allá, siempre más, palabras que utilizamos para describir la trascendencia. El don que se nos da en la liturgia es la culminación de esto, y nuestra respuesta debe imitar el don: debemos esforzarnos por entrar plenamente en lo que nos ha sido dado.

La verdad, la belleza y la bondad de nuestro ofrecimiento reflejan el don que recibimos: la Eucaristía, que es la plenitud de cada uno.

Read in English: https://themiscellany.org/participation-eucharistic-liturgy-beauty-goodness

 


El Doctor Michael Martocchio es el secretario de evangelización y director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Escríbele un correo electrónico a mmartocchio@charlestondiocese.org.