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 | Por el Dr. Mike Martocchio

La Eucaristía como revelación

En nuestra reflexión más reciente, conversamos sobre la belleza de la Eucaristía como anticipo de la comunión celestial. Mencionamos que nuestra experiencia de la Eucaristía es una experiencia del Señor resucitado y, por lo tanto, apunta a la promesa de nuestra propia resurrección corporal. Por eso, sigamos reflexionando sobre esta noción con la mirada puesta también en lo cotidiano. La Eucaristía, como encuentro con Cristo entero y vivo, es una revelación de Dios y de su amor infinito hacia nosotros. Esto se manifiesta en la Eucaristía como representación del sacrificio en el Calvario y como participación en la vida divina de comunión. También llegamos a conocernos mejor a nosotros mismos a través de este encuentro.

Sin embargo, este autoconocimiento no tiene nada que ver con el egocentrismo que aqueja a nuestra cultura o a nosotros como individuos. Es precisamente lo contrario; nos muestra que sólo nos conocemos a nosotros mismos en relación con los demás. Se muestra particularmente en relación con el Dios infinito y absoluto. Cristo nos enseña que sólo al entregarnos comprendemos nuestro llamado e identidad más profundos. Este don de sí mismo se manifiesta clara y plenamente en la Eucaristía. Cristo, en su Encarnación, Misterio Pascual y todo lo que continúa haciendo a través de la economía sacramental en la Iglesia, revela continuamente la humanidad a sí misma. Jesús nos muestra cómo ser verdaderamente lo que somos al asumir nuestra naturaleza humana, es decir, al convertirse en lo que somos. Así es como nos tomamos en serio todas las enseñanzas morales que Él nos expone. Todo lo que Jesús es, dice y hace arroja luz sobre lo que significa ser humano. Su vida, muerte y Resurrección llevan a la humanidad hacia el destino para el cual fuimos creados: la unión con Dios. Así pues, Cristo nos revela a Dios y nos revela a nosotros mismos. Por lo tanto, la Eucaristía es reveladora de la divinidad y de la humanidad, debido a que en ella nos encontramos plenamente con Él. Este carácter revelador de la Eucaristía, con sus múltiples facetas, nos ha permitido sostener aquí reflexiones a lo largo del Avivamiento Eucarístico Nacional.

Cualquiera que haya pasado un poco de tiempo en adoración silenciosa o culto sincero durante la liturgia eucarística sabe que allí hay algo intangible. Va más allá de lo intangible del sacramento y se media a través de él. Este encuentro intangible con lo trascendente, con aquel que va infinitamente más allá de todo lo que podemos imaginar, comienza a moldear nuestra mentalidad y a impregnar nuestras vidas. A menudo pensamos en la revelación como la transmisión de ideas, como si la fe fuera un conjunto de conceptos. Nuestra fe tiene muchas ideas y conceptos que son vitales para vivir la vida lo más plenamente posible, pero la revelación en su significado más profundo es un encuentro íntimo con otra persona: la persona de Cristo.

Se nos ha concedido el don de la Eucaristía y de los otros sacramentos mientras cultivamos nuestra relación con Cristo para ayudarnos a acercarnos a él como cristianos. Llegamos a comprendernos mejor a nosotros mismos a medida que nos acercamos a él. Obtenemos comprensión de nosotros mismos a partir de la Escritura y de las enseñanzas de la Iglesia, pero también aprendemos del tiempo que pasamos con él en la Eucaristía. Cuando le entregamos nuestros corazones en una auténtica adoración y recibimos su presencia con apertura, nos situamos en el punto en el que se encuentran la tierra y el cielo. Es el lugar donde la historia de la creación y la redención convergen en una única historia de amor.


El doctor Michael Martocchio es el secretario del discipulado y el director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Envíale un correo electrónico a mmartocchio@charlestondiocese.org.