| Por Hna. Guadalupe Flores

Nuestra misión como bautizados es servir

El Papa Francisco, antes de rezar el Ángelus dominical desde la Plaza de San Pedro, dijo: “Servir no es una expresión de cortesía: es hacer como Jesús, que, resumiendo su vida en pocas palabras, dijo que había venido no a ser servido, sino a servir” (19 de septiembre de 2021). Esta frase me hizo pensar que cada uno de nosotros tenemos que vivir en constante disponibilidad a las necesidades de los demás y esto sería una forma de imitar lo que hizo Jesús estando con nosotros.

Servir es estar al servicio de alguien, en cualquier circunstancia. Por lo que podemos decir, todo verdadero creyente es un siervo de Dios, comprado con la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Ya no, nos pertenecemos a nosotros mismos. Ya no somos los dueños de nuestra vida, si no que tenemos el mejor amo del mundo, ese es Dios.

El apóstol San Pablo, cuando tuvo su encuentro con Jesús en el camino a Damasco, una de las primeras cosas que le preguntó fue: “Señor ¿Qué quieres que yo haga?” (Hch 9, 6). Esto nos tiene que recordar que todos los discípulos de Jesús estuvieron sirviendo. En el Nuevo Testamento, tenemos algunas citas sobre el servicio, por ejemplo:

  • Cuando Jesús sanó a la suegra de Pedro de su fiebre, ella inmediatamente comenzó a servir a Jesús y a sus
    discípulos (Mt 8,15).
  • Había un grupo de mujeres que seguían a Jesús y sus discípulos, mientras ellos iban por diferentes ciudades y aldeas anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios, ellas les servían con sus bienes (Lc 8, 1-3).

Por lo que podemos decir, el servicio que realizamos nace de un corazón agradecido a Dios por habernos dado a su hijo, quien murió en la cruz para salvarnos. Cuando sirves a Dios, sirves sirviendo a los demás. Por eso, para servir a los demás, debemos tener un corazón humilde y amoroso. Tenemos que considerar a nuestro prójimo como superior a nosotros mismos. San Pablo nos dice: “No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás” (Fil 2, 3-4).

Cuando ya estamos realizando un servicio dentro de la iglesia como ujier, ministro extraordinario de la Eucaristía, lector, acólito o somos parte del coro o algún movimiento, etc., es porque, dentro de nuestra iglesia, debemos hacer relucir el don que Dios nos ha dado. Como dice San Pablo: “Que cada uno ponga al servicio de los demás el carisma que ha recibido, y de este modo serán buenos administradores de los diversos dones de Dios. Si alguno habla, que sean palabras de Dios; si cumple algún ministerio, hágalo con el poder de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Cristo Jesús. A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (Fil 4, 10-11).

Por lo tanto:

  • Cada uno de nosotros tiene uno o más dones que hemos recibido de Dios. Por eso no debemos excusarnos de que no podemos hacer nada; en cambio, al contrario, tenemos algo que ofrecer a nuestra Iglesia.
  • Los dones que recibimos no son para vanagloriarnos de ellos. Al contrario, son para ponerlos al servicio de los demás dentro de la Iglesia o en el lugar donde nos encontremos.
  • Todos debemos servirnos unos a otros con un espíritu humilde y no debemos presumir de lo que hacemos. Aquí viene la cita bíblica que dice: “… ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha” (Mt 6, 3).
  • Los dones que recibimos de Dios, sin merecerlos, son regalos de Dios, y debemos hacerlos fructificar mediante el servicio.
  • Lo que cada uno de nosotros realiza para servir a Dios y a los demás es dar gloria a Dios, como fin último.

Algo que no podemos dejar de lado para ser un buen servidor es nuestra relación con Dios a través de la oración. Así que debemos seguir el ejemplo de Jesús cuando se trata de la oración. San Marcos nos dice: “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Mc 1, 35). Sí, el mismo Cristo necesitaba la oración para depender del Padre. Para nosotros como servidores es mucho más importante orar para que Dios nos guíe en el servicio que realizamos dentro de la Iglesia. Por lo tanto, necesitamos estar en comunicación con nuestro Padre celestial por medio de la oración para que, de esta manera, podamos mantenernos fuertes espiritualmente.

Para concluir, podemos decir que servir trae satisfacción personal de saber que estamos haciendo lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, y estamos poniendo todos los dones que hemos recibido al servicio de los demás porque nuestra misión como bautizados es servir. El Papa Francisco dijo: “Jesús nos enseña el servicio, como camino del cristiano. El cristiano existe para servir, no para ser servido” (homilía de Santa Marta del 2018).


La hermana Guadalupe Flores, OLVM, es la coordinadora de Formación de Fe de Adultos para la oficina del Ministerio Hispano. Envíele un correo electrónico a gflores@charlestondiocese.org.