| Por Obispo Jacques Fabre-Jeune

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo – Septiembre 2025

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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Este mes celebramos a Nuestra Señora de los Dolores, cuyo corazón inmaculado fue traspasado por amor a su Hijo, y por nosotros. Al profundizar en los temas que están en el corazón de nuestra vocación –el servicio y la proclamación de la Buena Nueva con nuestras acciones–, recordamos que no hay Pascua sin Viernes Santo; el corazón sufriente de María puede acercarnos y nos acercará a su Hijo.

A menudo se llama a María “corredentora” para significar la importancia de su fiat, o su “sí” a Dios, en la encarnación y, por tanto, en la salvación definitiva en Cristo Jesús. Esto no significa que Jesús no completara la salvación. Al contrario, nos invita a participar en su obra redentora.

La participación en nuestra fe se mide por las obras de amor y no sólo por las palabras. La primera carta de Pedro nos exhorta a “observen una buena conducta … al ver sus buenas obras, tendrán que glorificar a Dios” (2,12). Nuestra identidad como cristianos católicos no es la de individuos aislados, sino la de un pueblo peregrino, una Iglesia peregrina, que vive el Evangelio a través de la compasión, justicia y misericordia, para dar testimonio del amor de Dios de forma tangible.

Cristo nos enseña que, cuando servimos humildemente, nos convertimos en portadores de su luz al mundo. Este servicio amoroso nos lleva al encuentro de los más vulnerables, especialmente de los que sufren. La acción obliga a las palabras vivas del Evangelio a encarnarse entre nosotros.

Recordemos que la voluntad de María de abrazar la cruz y unir su sufrimiento al de Jesús es la misma llamada que se nos hace a cada uno de nosotros. Para servir a los pobres, para profundizar en nuestra fe y en nuestra relación con el Señor, para soportar las dificultades por el bien de los demás, siempre podemos encontrar consuelo en la comprensión que María tenía del sufrimiento humano.

Que aceptemos las cruces que Dios pone en nuestras vidas como oportunidades para compartir la misión redentora de Cristo. 

Con el amor de Cristo,

Excmo. Mons. Jacques Fabre-Jeune, CS

Obispo de Charleston