| Por el Dr. Mike Martocchio

Via Fidelis: Una iglesia que enseña, Parte 2 — Nuestra misión bautismal

Read this article in English

“Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

Las últimas palabras del Evangelio de Mateo nos dicen lo que se espera de nosotros ahora que hemos escuchado y recibido la Buena Nueva. El hecho es que tenemos una labor que realizar. Y en este breve pasaje, llamado la “Gran Comisión”, Jesús nos da cuatro verbos, cuatro acciones que describen a la Iglesia: ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar.

En nuestra reflexión anterior abordamos el oficio de enseñanza con autoridad de la Iglesia —el Magisterio—, el cual es ejercido por el Papa y los obispos en comunión con él. Mencionamos que este oficio de enseñanza tiene por finalidad custodiar y preservar aquello que Cristo, a través de sus Apóstoles, ha confiado a su Iglesia: el depósito de la fe, compuesto por la sagrada Escritura y la sagrada Tradición (con mayúscula T).

En su ministerio cotidiano, los obispos están llamados a transmitir fielmente esta fe que se les ha confiado. Tradicionalmente hemos empleado la expresión ecclesia docens —la “Iglesia que enseña”— para referirnos al Magisterio. Esto contrasta con la ecclesia discens —la “Iglesia que aprende” (discens comparte la misma raíz que la palabra “discípulo”)—, es decir, el resto de los fieles que reciben esta enseñanza auténtica con espíritu de docilidad; o, literalmente, con “disposición para ser enseñados”.

Sin embargo, esta distinción clásica nunca pretendió sugerir que el Magisterio sea el único grupo dentro de la Iglesia que enseña. Más bien, su propósito era resaltar el carácter singular de dicha autoridad de enseñanza. El Papa —y los obispos en comunión con él— ejercen el ministerio de la enseñanza de manera autoritativa, en virtud del oficio y del rol que desempeñan dentro de la Iglesia.

Es por esta razón que el Magisterio puede ejercerse de modo “infalible”, lo cual significa de una manera preservada de error. Nuestra creencia en la infalibilidad tiene sus raíces en nuestra confianza en el Espíritu Santo, y no en las virtudes personales de los individuos en cuestión. Nuestra Iglesia docente (docens) solo puede ejercer este papel siendo también, humildemente, receptiva como Iglesia discente (discens) y escuchando al Espíritu Santo.

Si bien posee un carácter diferente, reconocemos también un papel más amplio de la enseñanza dentro de la Iglesia. Ya en la Primera Carta a los Corintios —escrita tal vez a mediados de la década de los 50 d. C.—, Pablo identifica al “maestro” como un papel distinto dentro de la vida de la Iglesia (véase 1 Co 12,28). Desde entonces, la Iglesia ha tenido una larga historia de catequistas, tanto laicos como clérigos. Como bautizados, cada uno de nosotros participa —a su manera única y según los dones que Dios nos ha concedido— en el triple oficio de Cristo: sacerdote, profeta y rey.

En ocasiones oirán referirse a esto como el “sacerdocio común” de los fieles, para distinguirlo del sacerdocio ministerial de los obispos y sacerdotes (véase el Catecismo de la Iglesia Católica 1268). Los tres munera —es decir, los deberes, tareas u oficios— de los obispos son compartidos de manera especial con los sacerdotes. Si bien la labor de sus colaboradores consiste en enseñar, gobernar y santificar, la tarea cotidiana de la enseñanza en la Iglesia no está reservada únicamente a la jerarquía; tampoco está reservada a un grupo de catequistas profesionales. Todos los fieles están llamados a transmitir la fe y a participar en el oficio profético de Cristo, instruyendo a otros en dicha fe.

Toda la Iglesia está llamada a catequizar, pues tiene sus raíces en la Encarnación. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, encargado de hacerlo presente ante el mundo de manera tangible y eficaz. Comunicar a Cristo es aquello a lo que estamos llamados; es nuestra misión. Y lo hacemos de muchas maneras.

Enseñamos con nuestras palabras y con nuestras acciones. Enseñamos con nuestros gestos y con nuestro testimonio. Enseñamos —ante todo y sobre todo— siendo coherentes en nuestra fe y mostrándonos activamente comprometidos en su práctica. La Iglesia enseña siendo, de manera auténtica, ese cuerpo de Cristo. Cuando nosotros, como individuos, nos apartamos de nuestra fidelidad, socavamos nuestro llamado a catequizar y a hacer discípulos.

Cumplir fielmente la misión que Cristo nos ha encomendado comienza con una fe auténtica. Esto se hace realidad cuando compartimos esa fe con los demás, con la disposición de explicar por qué creemos y qué creemos, para luego mostrar por qué hacemos lo que hacemos. La Iglesia no es una ideología ni un conjunto de ideas abstractas; es la esposa y el cuerpo de Cristo. La Iglesia Católica enseña a través de su propia vida, y nosotros, como cristianos individuales, contribuimos a que esto suceda participando activamente en la vida de la Iglesia.

Cuando expresamos esta vida con palabras para compartirla con los demás, con una sincera disposición de fe, cumplimos nuestro llamado bautismal de “Vayan... y hagan discípulos”. Conducimos a otros hacia la vida sacramental de la Iglesia, a la cual el bautismo abre las puertas. Y enseñamos a los demás aquello que hemos aprendido de Cristo Jesús.


Michael Martocchio, Ph.D., es el director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Envíele un correo electrónico a mmartocchio@charlestondiocese.org.