| Por el Dr. Mik Martocchio

Via Fidelis: Una Iglesia que enseña, parte 1: El Magisterio y el depósito de la fe

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“¡Yo estoy a cargo! ¡Yo pongo las reglas!”. Este sentimiento nos resulta familiar a todos. Tal vez hemos pronunciado esta frase, o alguna similar, cuando se nos ha confiado algún tipo de autoridad. A menudo pensamos que esta idea se aplica a todo el mundo.

Pero la autoridad en la Iglesia es muy, muy diferente. A medida que profundizamos en nuestra comprensión de la fe durante este Año de la Catequesis, es importante reflexionar sobre qué estamos profundizando y cómo nos ha llegado.

El Sagrado Magisterio

En su Segunda Carta a Timoteo, San Pablo exhorta al joven a “conserva lo que se te ha confiado” tal y como se le había confiado a él en su ministerio (1,14). Esta custodia del tesoro de la fe no es aplicable únicamente a la Iglesia primitiva ni se limita a la relación entre Pablo y Timoteo. Pablo describe las raíces de un ministerio que ha sido ejercido por los sucesores de los Doce Apóstoles, nuestros obispos, a lo largo de los siglos y hasta el día de hoy.

A esto lo llamamos Magisterio, que constituye el oficio de enseñar de la Iglesia. Es ejercido de manera especial por el Papa —como sucesor del apóstol Pedro—, cuya función es mantener la unidad de la Iglesia, y es ejercido también por todo el cuerpo (o colegio) de los obispos en unión con el Papa. A esto lo denominamos Magisterio “universal” y “ordinario”.

Administración, no propiedad

Este oficio de enseñanza no se concibe como una labor de creación o construcción, sino más bien como una labor de preservación y conservación. El Magisterio salvaguarda y transmite todo aquello que Cristo entregó a los apóstoles y a la Iglesia primitiva. Su propósito no es generar nuevas enseñanzas. El liderazgo en la Iglesia —especialmente aquel que tiene sus raíces en el sacramento del orden sagrado y que es ejercido en su plenitud por nuestros obispos— debe ejercerse con un espíritu de administración, no de propiedad.

Al fin y al cabo, la Iglesia es la Iglesia de Cristo: su esposa, su rebaño. Ha sido confiada al cuidado de los pastores que Jesús convoca en cada generación, incluida la nuestra. La misión de los líderes de la Iglesia en cada generación consiste en proteger y transmitir este tesoro apostólico.

La Tradición, con mayúscula

Pero ¿cuál es ese tesoro? Es lo que llamamos el depósito de la fe. Está compuesto por la sagrada Escritura —que consta del Antiguo y del Nuevo Testamento— y la sagrada Tradición. Lo que se conoce como la Tradición “con mayúscula” es la vida y la enseñanza de la Iglesia transmitidas a lo largo de los siglos; la palabra tradición significa literalmente “transmitir”. Así pues, a través de la Escritura y de esta Tradición, se ha confiado a la Iglesia de hoy, a través de generaciones sucesivas, algo de inestimable valor.

La Iglesia católica ha custodiado diligentemente estos elementos, pues la Escritura y la Tradición, juntas, “constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios” (Dei Verbum, n.º 10). Y ambos nos dan acceso a la plenitud de la revelación salvífica de Dios: Cristo mismo, el Verbo de Dios hecho carne.

Mi Iglesia, mis reglas

Podríamos sentir la tentación de pensar que el Papa, y los obispos en comunión con él, ejercen su oficio de enseñanza bajo la premisa de “mi Iglesia, mis reglas”. Sin embargo, esta autoridad magisterial se ejerce al servicio de la palabra de Dios, y no para dominarla. Con esta actitud presente, se confía al Magisterio la tarea de interpretar y transmitir este depósito sagrado. 

En última instancia, la Iglesia no pertenece a quienes ejercen o han ejercido dicha autoridad. Estos deben ejercer su autoridad de tal modo que las enseñanzas sobre la fe y la moral no se conviertan en proyectos personales suyos, tal como enseñó Jesús: “Mi enseñanza no es mía sino de aquel que me envió” (Jn 7,16). Este distanciamiento de las preferencias personales permite que el oficio de enseñanza de la Iglesia nos remita al Dios eterno y a todo aquello que verdaderamente importa.

Eterno

En todas las épocas, la gente se pregunta por qué la Iglesia no modifica algunas de sus enseñanzas esenciales para adaptarlas a las tendencias novedosas de cada momento. Nuestra era no es única en este aspecto; siempre ha habido quienes piden a la Iglesia que “se ponga con los tiempos”.

La coherencia de la Iglesia católica —ejercida por su Magisterio a lo largo de dos milenios— plantea una contrapuesta intrigante y vivificante: “¡Únase a lo eterno!”.


Michael Martocchio, Ph.D., es el director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Envíele un correo electrónico a mmartocchio@charlestondiocese.org.