| Por el Dr. Mike Martocchio

Via Fidelis: “Serán mis testigos” Parte 1: Lo que hacemos

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El amor que se nos ha ofrecido desde el inicio de la creación no es un simple sentimiento. Va mucho más allá, hasta tocar el núcleo más profundo de nuestro ser. Con demasiada frecuencia, pensamos en el amor de Dios en términos sentimentales. Y si bien el amor de Dios ciertamente abarca todo lo que connota esa palabra, cuando realmente nos encontramos con su amor, ya no somos los mismos. Cada aspecto de nuestra vida se transforma.

Como peregrinos que caminamos juntos en nuestro recorrido por la Via Fidelis, hemos dedicado la mayor parte del último año a hablar sobre el kerygma, el anuncio fundamental del Evangelio, la Buena Nueva de la salvación en Cristo Jesús. Hemos reflexionado brevemente sobre los elementos de este mensaje, comenzando con el acto amoroso de Dios al crearnos. Este amor perdura a pesar del pecado humano y se manifiesta en el envío del Hijo divino, quien asume nuestra humanidad para transformarla.

El Hijo abraza toda la humanidad y la experiencia humana, incluso la muerte. Su muerte sacrificial y posterior Resurrección transforman por completo nuestra visión de la existencia. Además, para compartir con nosotros la vida misma de comunión con Dios, nos envía su Espíritu para que habite con nosotros.

El Espíritu Santo responde a nuestras necesidades, actuando de manera particularmente directa y tangible en la Iglesia y en su vida sacramental, dándonos así acceso a esta vida divina de salvación. ¡Esto sí que es una buena noticia! De hecho, esta es la Buena Nueva, el kerygma.

Pero la palabra kerygma tiene también otro sentido: el de acción. Puede entenderse también como un verbo: “proclamar”. El mensaje que acabamos de delinear es hermoso, grandioso y supera todo lo que podamos imaginar. Sin embargo, no está destinado a permanecer como una idea abstracta. El cristianismo no es una ideología: es una relación que abarca todo nuestro ser porque, como dijimos, Cristo mismo asumió plenamente nuestra humanidad –no únicamente nuestra mente. Por eso, cada aspecto de nuestra vida le importa. Todos nuestros actos deben entenderse en el contexto de nuestra relación con Dios.

Entonces, ¿qué se nos pide hacer?

En el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, el mensaje que Jesús deja a sus discípulos antes de ascender al cielo les entrega a ellos y a nosotros una promesa y una misión. Él dice: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (1,8). 

Aunque este pasaje contiene mucho sobre lo que meditar, puede ser útil centrarse en una palabra clave: “testigos”. Ese es el encargo que Cristo nos confía: ser sus testigos en todas partes. Nuestra vocación comienza en el lugar donde estamos –fíjese en las referencias geográficas: los apóstoles estaban en Judea en ese momento; Samaría era la región vecina– pero no termina ahí. Nos envía hasta los confines del mundo. Y nos da la promesa del Espíritu Santo para que tengamos la fuerza para cumplir esta misión.

Cuando pensamos en la palabra “testigo”, solemos imaginarnos un tribunal, donde alguien da testimonio de algo que ha visto. Y más adelante abordaremos la importancia de verbalizar nuestro testimonio de Cristo como sus testigos. Pero primero, es útil saber que la palabra utilizada en este pasaje del libro de los Hechos es mártyres (μάρτυρες). Es la raíz de nuestra palabra “mártir”, que solemos asociar con alguien que muere por la fe. Desde los primeros tiempos de la Iglesia, se habla del testimonio (martyrion, μαρτύριον) de quienes han derramado su sangre por Cristo y en imitación de él.

Lo que nos enseñan los mártires, desde la Iglesia primitiva hasta hoy, es que la esencia del testimonio cristiano consiste en entregarlo todo –todo lo que tenemos y somos– a Cristo y en su servicio.

Puede que no todos seamos llamados a morir violentamente por Cristo. Pero todos estamos llamados a entregarle nuestras vidas. Los mártires nos recuerdan que dar testimonio de Cristo implica toda nuestra existencia y todo lo que hacemos. Por lo tanto, nuestras acciones deben realizarse de manera que reflejen y lleven a Cristo a los demás. Ciertamente, todos fallamos en esto. 

Al esforzarnos por ser testigos más claros, cuyas acciones revelen a Cristo a los demás, podemos confiar en que nos ha concedido el don del Espíritu Santo.

Al recibir el amor de Dios –un amor que trasciende lo sentimental y penetra hasta lo más profundo de nuestro ser–, somos fortalecidos para vivir como verdaderos mártyres: testigos cuyas vidas transformadas proclaman la Buena Nueva en cada palabra y obra.


Michael Martocchio, Ph.D., es secretario de discipulado y director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Correo electrónico: mmartocchio@charlestondiocese.org.