| Por el Dr. Mike Martocchio

El Catecismo y la vida del discípulo

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Algunos de nosotros tenemos un ejemplar en nuestra estantería. Quizás se haya utilizado recientemente; tal vez no se haya abierto en años. Puede que esté muy desgastado, con páginas marcadas y notas al margen, o que se conserve “como nuevo” a pesar de ser una edición muy antigua.

Uno de los mayores regalos que la Iglesia universal nos ha ofrecido en las últimas décadas es el Catecismo de la Iglesia Católica. Es un libro muy voluminoso y, en ocasiones, de lectura exigente. Sin embargo, vale la pena leerlo en su totalidad, y somos muy afortunados de tenerlo a nuestra disposición.

Al recorrer juntos la Via Fidelis durante este año dedicado a la catequesis, hemos examinado la llamada de toda la Iglesia a catequizar, así como las formas propias del ministerio catequético en la Iglesia.

Más recientemente, hemos reflexionado sobre cómo la catequesis —en ambos sentidos— imita la pedagogía propia de Dios; es decir, la manera en que Dios nos enseña. Hemos hablado de cómo esta “pedagogía divina” se va configurando gradualmente con el paso del tiempo, del mismo modo que las relaciones humanas.

A medida que la revelación de Dios se despliega a lo largo de la historia de la salvación, observamos también que la pedagogía divina es integral y abarca la totalidad de la vida. Esto se hace evidente en los altibajos de la historia de Dios y su pueblo, tal como nos ha sido transmitida a través de las Escrituras. Pero esta dimensión de la revelación divina no se limita a esos altibajos; también se manifiesta en la variedad de formas en que se produce el encuentro con Dios.

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios se comunica a través de sus mensajeros, en el modo de vida que pide a su pueblo, en las normas de culto y en la oración de individuos y comunidades. Esto nos demuestra que la transmisión de la fe dista mucho de ser unidimensional, pues la fe misma no lo es. 

Otro aspecto fundamental es que, cuando concebimos la catequesis como la enseñanza de la fe a los demás, no nos referimos simplemente a transmitir los contenidos de la fe, sino también a enseñar la vida de fe en su totalidad: la vida del discípulo. Al fin y al cabo, nuestra llamada cristiana bautismal consiste en “hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28, 19). 

¿En qué consiste, entonces, esta vida del discípulo? Para encontrar la respuesta, debemos remontarnos a los inicios. Si acudimos al libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos una breve descripción de cómo era la vida de la Iglesia en sus tiempos fundacionales, justo después de Pentecostés. Se nos dice de nuestros antepasados ​​en la fe: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (2, 42).

Cuatro aspectos descritos en los Hechos nos ofrecen una visión inicial de los fundamentos de la vida del discípulo. Es una vida esencialmente arraigada en la enseñanza apostólica (transmitida a través de la Escritura y la Tradición), que se esfuerza por vivir en el amor a Dios y al prójimo, que se deja moldear por la liturgia y los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y que se mantiene en oración constante y perseverante. Estos elementos atemporales siguen siendo esenciales para nuestra vida cristiana hoy.

Quizás se pregunte qué relación tiene todo esto con el Catecismo. Al abrir su índice, percibimos la organización del material que contiene. Rápidamente observamos que el texto se divide en cuatro grandes partes. A menudo se las denomina los “pilares” del Catecismo: la Profesión de fe, la Celebración del misterio cristiano, la Vida en Cristo y la Oración cristiana. 

Si los examinamos con atención, veremos que estos pilares no son otros que los cuatro elementos que caracterizaban a la Iglesia primitiva. Esto, por supuesto, no es ninguna coincidencia.

De hecho, el Catecismo no se elaboró ​​simplemente para ser un libro de consulta que guardamos en la estantería y desempolvamos de vez en cuando ante alguna duda o inquietud sobre una enseñanza de la Iglesia. Por el contrario, su propósito es expresar, desarrollar y nutrir al cristiano en su totalidad: la vida entera del discípulo.

Tal vez por tratarse de un libro, solemos considerar el Catecismo como alimento para la mente cristiana. Y, aunque cumple muy bien esa función, si seguimos la lógica de su estructura descubrimos una invitación a dejar que nutra también nuestros corazones. El Catecismo es algo que podemos estudiar, algo que podemos llevar a la oración y algo que podemos vivir.

Al igual que nuestras Biblias, nuestros Catecismos deberían formar parte integral de nuestra vida.


Dr. Mike Martocchio es el director diocesano de Catequesis e Iniciación Cristiana: mmartocchio@charlestondiocese.org.