| Por Dr. Mike Martocchio

La historia de la salvación se desarrolla gradualmente, y he aquí por qué esto es importante

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“La Revelación es la gran obra educativa de Dios” (Directorio para la Catequesis 157).

Al recorrer este año de catequesis en nuestra peregrinación Via Fidelis, hemos abordado diversos aspectos sobre cómo comunicamos la fe a los demás. Hace poco hablamos del proceso catecumenal —a veces denominado OICA—, es decir, el camino mediante el cual una persona se hace cristiana.

Observamos cómo este proceso refleja la trayectoria de creciente intimidad en las relaciones humanas, asemejándose especialmente al enamoramiento.

No es casualidad que concibamos así la transmisión de la fe. Al fin y al cabo, el hecho de que nuestras relaciones maduren y se profundicen responde a nuestras inclinaciones naturales como seres humanos. Dios creó al ser humano de esta manera y ha actuado en consecuencia a lo largo de la historia.

Quienes se dedican a la catequesis escuchan a menudo la expresión “modelo catecumenal”, término que a veces se emplea sin mayores explicaciones. Este concepto implica que todas nuestras iniciativas catequéticas se plantean bajo la óptica del catecumenado. En otras palabras, constituye nuestro punto de referencia para toda formación cristiana.

Aunque esta imagen tiene múltiples facetas, una de las más destacadas es que conlleva un proceso. La catequesis —la formación de discípulos— se desarrolla de manera gradual y por etapas, conduciendo a una intimidad cada vez más profunda con Dios.

Si observamos la historia de la salvación, veremos que así es como se despliega la revelación divina. Dios se revela desde el principio a través del acto de la creación, especialmente al crear al ser humano a imagen y semejanza divina. 

Al continuar recorriendo la historia de la salvación tal como se presenta en las Escrituras, apreciamos cómo la autorrevelación gradual de Dios se despliega a lo largo del tiempo: desde la alianza con Noé hasta la alianza con Abrahán y su descendencia, un pueblo concreto al que se le promete una tierra específica.

La descendencia de Abrahán, a través de su nieto Jacob (Israel), experimenta progresivamente el despliegue del amor revelador de Dios. Este pueblo acaba esclavizado en Egipto y, por medio de Moisés, experimenta la libertad que otorga el amor de Dios. 

En su camino hacia la tierra prometida, Dios se revela a través de la Ley, ofreciendo una visión más completa de la entrega que conlleva el amor de la alianza. Esta progresiva revelación de Dios, y la profundización de la relación con él, avanzan a medida que este pueblo entra en la tierra prometida, la conquista y se establece en ella. Se constituye un reino bajo Saúl y luego bajo David, a quien Dios promete una dinastía eterna.

Con el paso del tiempo, al dividirse la nación en dos reinos y ser ambos conquistados por otras naciones (Asiria y Babilonia), el cumplimiento de la promesa de Dios parece desvanecerse del horizonte de lo posible.

Sin embargo, esta esperanza se encuentra de nuevo —aunque de una manera nueva, inesperada y más completa— en Cristo.

Así, es a través del vaivén de la vida y de los éxitos y fracasos de su pueblo como se van revelando, con el paso del tiempo, diferentes aspectos de Dios y de su amor. Su creatividad y dominio, su bondad y justicia, su misericordia y fidelidad quedan patentes en los sucesivos acontecimientos de la historia de la salvación.

Esto conduce a la plenitud de la revelación cuando Dios mismo asume la naturaleza humana en Cristo Jesús y revela lo divino de una manera accesible y comprensible para nosotros. Al asumir nuestra naturaleza humana, Dios Hijo también nos revela las verdades más profundas sobre la humanidad.

La revelación misma es un proceso, y su despliegue gradual es la forma que tiene Dios de enseñarnos. Es la pedagogía divina (la pedagogía es el arte, la ciencia y la práctica de enseñar). Dios revela la verdad en la vida cotidiana y en una relación duradera con su pueblo.

La pedagogía divina es también la lógica que subyace al catecumenado y, por extensión, a todas las formas de catequesis y formación. Es caminando junto a otros durante un periodo prolongado, compartiendo aspectos del amor de Dios en diálogo con la realidad de la vida, como el catequista comunica la plenitud de la fe. En su esencia se encuentra una relación revelada.

Por tanto, al atender a nuestra propia formación durante este Año de la Catequesis y esforzarnos por formar a otros como discípulos, debemos tener presente que la catequesis es un proceso porque la conversión es un proceso. Y la conversión es un proceso porque así es como Dios se revela a lo largo de la historia de la salvación, en nuestras vidas y en el momento presente.


Dr. Mike Martocchio es el director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana: mmartocchio@charlestondiocese.org.