Nuestro lugar en la familia de Dios Una mirada a la genealogía de Jesús
Desde que mi hija cumplió 2 años, nuestra familia asiste a la Misa vespertina de la Vigilia de Navidad de las 4 p.m. en lugar de la tradicional Misa de Medianoche. El primer año que hicimos ese cambio, me sorprendió que nuestro párroco decidiera leer el texto completo del Evangelio, que comienza con la genealogía de Jesús: “Abrahán fue padre de Isaac, Isaac de Jacob, Jacob de Judá y de sus hermanos...”. Con los pequeños inquietos en los bancos a mi alrededor, me pregunté por qué no había optado por la versión más breve.
Pero este Evangelio nos ofrece mucho más que una lista de nombres. Entre los patriarcas y sus descendientes varones, escuchamos los nombres de varias mujeres: Tamar, Rajab, Rut y “la mujer de Urías” (Betsabé). ¿De verdad?, pensé, arqueando las cejas. ¿De todas las mujeres de la Biblia, son precisamente ellas las que Mateo decide mencionar por nombre en la genealogía de Jesús? Todas estas mujeres tuvieron historias marcadas por circunstancias complicadas. Sin embargo, a pesar de las situaciones que vivieron, llegaron a ser madres muy respetadas de algunas de las figuras más influyentes de la historia de Israel. Más importante aún, ellas nos preparan para reconocer la acción de Dios cuando una joven llamada María aparece embarazada de un hijo que no es de su prometido. Aunque la concepción de María tiene un origen divino, el punto que Mateo quiere destacar es que Dios suele actuar de las maneras más sorprendentes.
También me parece interesante que estas mujeres, aun siendo consideradas matriarcas del pueblo judío, tengan orígenes gentiles. Tamar pudo haber sido aramea o cananea (aunque también es posible que fuera israelita; el texto no lo deja claro). Rajab era cananea, Rut era moabita y Betsabé estuvo casada con un hitita. Da la impresión de que incluso los extranjeros tienen un lugar en la familia de Dios.
A continuación, el Evangelio nos dice que hubo catorce generaciones desde Abrahán hasta David, catorce generaciones desde David hasta el destierro en Babilonia y catorce generaciones desde el destierro en Babilonia hasta Cristo. Resulta que en el idioma hebreo las letras tienen valores numéricos, y el nombre de David (escrito DVD en hebreo) suma precisamente catorce: dálet = 4, vav = 6, dálet = 4; 4 + 6 + 4 = 14. El texto nos está revelando que el hijo de María es el prometido Hijo de David (cf. 2 Sam 7, 13), quien se sentaría en el trono para siempre, tal como el ángel Gabriel le anunció a María: “Éste será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). Como proclama el célebre coro del Mesías de Händel, él es verdaderamente el “Rey de reyes y Señor de señores”. Incluso el recuento de las generaciones proclama qué, o mejor dicho, quién, es aquel a quien celebramos en esta noche.
Sin embargo, hay un pequeño problema. Los lectores más atentos notarán que, en realidad, no aparecen catorce generaciones en el último grupo, es decir, en la lista de descendientes desde el destierro en Babilonia hasta Cristo. “El tercer y último grupo contiene trece nombres, lo que podría sugerir que la decimocuarta y última generación es la de la Iglesia” (The Jewish Annotated New Testament, 2.ª ed., p. 11).
Al final, las matemáticas de Dios no fallan. Simplemente ha dejado un lugar para incluirnos también a nosotros como miembros de su familia.