Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo – Junio 2026
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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,
“Escucha, hijo mío, los preceptos de tu maestro; inclina el oído de tu corazón y recibe con gozo y cumple fielmente las admoniciones de tu amoroso Padre”. Estas son las emblemáticas primeras palabras de la Regla de San Benito, el padre del monacato occidental.
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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,
“Escucha, hijo mío, los preceptos de tu maestro; inclina el oído de tu corazón y recibe con gozo y cumple fielmente las admoniciones de tu amoroso Padre”. Estas son las emblemáticas primeras palabras de la Regla de San Benito, el padre del monacato occidental.
Mientras celebramos su festividad el próximo mes, y el Día del Padre en este, deseo que contemplemos parte de su sabiduría atemporal sobre la vocación de la paternidad.
Debemos comenzar con lo que la Iglesia nos enseña acerca de este hermoso llamado. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana” (2214). En esos momentos de alegría —cuando un padre ayuda a su hijo a dar sus primeros pasos, corre tras los niños en el jardín o acompaña a su hija por el pasillo nupcial en una boda (¡o en una consagración religiosa!)—, ese padre está siguiendo los pasos que ya ha recorrido nuestro amoroso Creador.
Un padre es, en muchos sentidos, uno de los primeros recordatorios del Dios que se preocupa profundamente por nosotros, sus hijos. Él intercede por nosotros y ofrece su consuelo cotidiano para nuestra plenitud. Recorre este camino desafiante no solo para soportar el sufrimiento, sino para superarlo; para ser purificado por él, al igual que el mismo Hijo de Dios.
San Benito escribía acerca del liderazgo espiritual al que los abades se comprometen día tras día. Aunque tienen muchos hijos espirituales, San Benito les instruyó a adaptarse a cada monje bajo su cuidado: “a uno con suavidad de palabra; a otro, con reprensiones; a un tercero, con exhortaciones; a cada uno según su carácter y su entendimiento” (cap. II).
Esta es la realidad de la paternidad. Todos tenemos nuestras propias peculiaridades, nuestras tendencias a sobresalir o a quedarnos cortos en ciertos aspectos. Pero eso no altera la relación que mantenemos con nuestros padres y, muy especialmente, con Dios. Él nos ama a pesar de nuestros defectos, precisamente porque ha elegido ser espiritualmente responsable de nosotros y nos ha traído a la existencia.
San Benito describió el liderazgo debidamente ordenado y centrado en Dios como el equilibrio entre “el rigor del maestro y el afecto amoroso de un padre” (cap. II). Como un pastor, llama a su Padre para que lleve a casa a sus ovejas “sobre sus sagrados hombros” (cap. XXVII). ¡Cuán bendecidos somos al recibir el honor de participar en el llamado de Dios para llevar, con valentía, la verdad y el estandarte de Cristo Rey a la vida de sus hijos más amados!
Ruego para que todos los padres este mes —incluidos nuestros padres espirituales, que comparten la misma responsabilidad— sean fortalecidos en su vocación de amar a sus familias de manera más honda y profunda, de modo que honren a su Padre celestial mediante el testimonio que ofrecen a quienes acuden a ellos en busca de comprensión.
En el amor de Cristo,
Excmo. Mons. Jacques Fabre-Jeune, CS
Obispo de Charleston