Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo – Abril 2026
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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,
¡Que la paz, la esperanza y la alegría del Tiempo Pascual estén con ustedes, ahora y para siempre! Qué hermosa realidad se presenta ante nosotros a través de los ojos de los apóstoles: una tumba vacía, con su pesada piedra removida. El miedo y la confusión que la tumba vacía debió de provocarles en el corazón seguramente fueron abrumadores mientras corrían de regreso con María y los demás discípulos de Jesús.
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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,
¡Que la paz, la esperanza y la alegría del Tiempo Pascual estén con ustedes, ahora y para siempre! Qué hermosa realidad se presenta ante nosotros a través de los ojos de los apóstoles: una tumba vacía, con su pesada piedra removida. El miedo y la confusión que la tumba vacía debió de provocarles en el corazón seguramente fueron abrumadores mientras corrían de regreso con María y los demás discípulos de Jesús.
María Magdalena se lamentó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20,13). Sus preocupaciones colectivas se disiparon gracias a la presencia todopoderosa de Cristo mismo, que se apareció a las mujeres. Más tarde, Jesús se apareció a los discípulos mientras permanecían escondidos. Nuestro Señor les mostró a ellos y, miles de años después a todos los creyentes, que la fuente pura de la vida encarnada había vencido a la muerte y que nos promete a cada uno una vida nueva.
Él nos amonesta muchas veces a lo largo de los Evangelios: “No tengáis miedo”. Como dijo antes en la Última Cena: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6). Y de nuevo a los discípulos: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).
A través del sufrimiento, la muerte y la resurrección de nuestro Jesús triunfante, también nosotros recibimos la oportunidad de experimentar la vida en la gracia y misericordia de Dios. Al celebrar la octava de Pascua y acercarnos a Pentecostés, demos siempre gracias juntos por el gran don de la vida que se nos ha dado a cada uno. De manera especial, en el Domingo de la Divina Misericordia, les pido que se esfuercen por perdonar a los demás y que recen por quienes aún no han escuchado que su Padre celestial les ama perfectamente. Hagan “visible al Dios invisible” mediante su testimonio como creyentes en Cristo resucitado.
Les deseo a ustedes y a sus familias una feliz Pascua. ¡Ha resucitado! ¡En verdad, ha resucitado!
“Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva” (1 Ped 1,3).
En el amor de Cristo,
Excmo. Mons. Jacques Fabre-Jeune, CS
Obispo de Charleston