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 | Por Jane Fawcett

Rezar el rosario nos conduce a Jesús

 

¿Qué características nos vienen a la mente cuando pensamos en una madre? Cariñosa. Amorosa. Paciente. Guía. Si estas son las características de toda buena madre, ¿cuánto más verdaderas serán para la Madre de Dios?


Para la mayoría de nosotros, la vida de oración tiene altibajos, cambiando como las estaciones. Experimentamos temporadas de oración semejantes a la primavera, llenas de constancia, belleza y abundancia. Pero también atravesamos temporadas oscuras, parecidas al invierno, cuando las oraciones parecen quedar sin respuesta o el miedo nos consume, dejándonos con una sensación de desorientación.

Es precisamente en estas temporadas menos fecundas cuando, como cualquier niño que necesita el cálido abrazo de una madre, podemos volvernos hacia nuestra Madre María en busca de guía y orientación. De un modo particular, el rosario nos enseña a ponernos bajo el cuidado maternal de María y nos ayuda a aprender de Ella cómo mantener la mirada fija en Jesús.


María intercede por nosotros
Todos hemos tenido momentos de oración en los que no sabemos qué decir, o ciertamente no sabemos cómo decirlo. Cuando ni siquiera sabemos por dónde empezar, en lugar de rendirnos, podemos acudir a María en busca de ayuda.

Como toda buena madre, Ella desea ayudarnos.

El ejemplo perfecto de su corazón generoso y servicial se encuentra en Juan 2,1‑11, en las bodas de Caná.

María se da cuenta de que la pareja se ha quedado sin vino. Quedarse sin vino en una boda habría significado una profunda vergüenza para las familias, pudiendo incluso traer deshonra al apellido. María, comprendiendo esto, llevó el problema a Jesús. Y Jesús, movido por la súplica de su Madre, realizó su primer milagro: convertir el agua en vino.

Cada vez que rezamos el rosario, María, la Reina del Cielo, continúa amando a sus hijos adoptivos (tú y yo) del mismo modo en que amó a los esposos en Caná.

Y Ella lo hace llevando nuestras necesidades directamente a Jesús. Con cada intención que le presentamos, con cada una de las Avemarías que rezamos, Ella lleva nuestras súplicas a su Hijo: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…

 

El rosario dirige nuestra atención hacia su Hijo
El rosario nos ayuda a orar porque orienta nuestro corazón hacia Jesús. No es de sorprender, entonces, que las últimas palabras de María en las bodas de Caná —y, de hecho, en toda la Escritura— fueran: “Hagan lo que él les diga”. María dirige nuestra mirada hacia Aquel que tiene el poder de salvar.

Todos hemos tenido momentos de oración en los que las distracciones parecen adueñarse de nosotros. Comenzamos con una oración de acción de gracias y, de pronto, nuestros pensamientos son secuestrados por las tareas que nos esperan: los platos que aún están en el fregadero desde la noche anterior o el proyecto sin terminar en el trabajo.

El rosario está diseñado de un modo único para mantener nuestros pensamientos centrados en la vida de María y de Jesús. Con cada cuenta, es como si la misma María nos susurrara en silencio: “Concéntrate, hijo”. Como haría cualquier buena madre.

Al fijar nuestra mente en los misterios del rosario, entregamos nuestros pensamientos a Dios y nuestro corazón encuentra sosiego. Como una devoción específicamente meditativa, el rosario mantiene nuestra mirada donde debe estar: en los hermosos misterios de nuestra fe, y la gracia llena nuestro corazón.

Así como lo hizo en las bodas de Caná, María continúa conduciéndonos hacia Jesús.
 


Jane Fawcett  es redactora y correctora para empresas y organizaciones católicas.

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