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 | Por Cristina Sullivan

Transformar la educación católica: Nuestro desafío ante un mundo en crisis

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Estamos pasando por una crisis en la educación. La revolución tecnológica ha abierto las puertas a la información sin filtros, sin parámetros y, en muchos casos, sin comprobar su veracidad. Cualquiera puede publicar datos, ideas o noticias, sin importar que sean ciertos o no, y acceder a ellos sin requisitos ni condiciones. 

A esta avalancha de información sin precedentes se agregan otros problemas, como la violencia y el creciente número de atentados en escuelas y colegios. Además, cuando se habla de escuelas católicas, se agregan otros desafíos. En palabras del cardenal Daniel DiNardo, arzobispo emérito de Galveston-Houston: “La escuela católica es el lugar número uno para la evangelización, pero también el lugar número uno en donde se pierde la fe de un niño”.

Estas palabras, más allá de ser duras, son un llamado a reflexionar acerca de la manera en que estamos enseñando la fe.

Hablemos de tres errores comunes en nuestra catequesis con el fin de reflexionar acerca de la enseñanza que estamos impartiendo como instituciones católicas. Terminaremos con tres soluciones con el fin de presentar opciones viables y concretas para poner manos a la obra.

No se puede dar lo que no se tiene.

Muchas de las escuelas católicas están cerrando sus puertas porque su manera de enseñar y su currículo no tienen como principio y base la fe cristiana. Entonces, el eje de la enseñanza, lejos de confirmar la visión del evangelio, la desdibuja y, en algunos casos, la contradice. 

Además, en muchos de estos colegios, el personal que se denomina “cristiano” es mínimo y el que se denomina “católico” es aún menor. No es de extrañar que la identidad de la institución católica se pierda, pues la fe ya no es un principio rector y quienes dan ejemplo a los niños no están interesados en vivir las virtudes cristianas.

La falta de catequesis en las últimas 2 o 3 generaciones.

Hace varias décadas, la enseñanza de la fe dejó de ser una prioridad y se ha transmitido desde la emocionalidad, la escrupulosidad y/o la tradición cultural. Por lo mismo, muchos profesores de formación católica enseñan desde la buena voluntad, pero muy pocos desde una formación catequética juiciosa.

A veces, los padres y los educadores tienen un conocimiento muy superficial y básico de la fe, que no es suficiente al momento de responder las preguntas trascendentales que tienen los jóvenes. 

Cuando no se tiene claridad sobre los principios de fe, no se puede dar razón de ellos. La gran pregunta es: ¿Quién enseña la fe? ¿Los voluntarios de buen corazón en las parroquias? ¿Los padres de familia? ¿Los profesores? Todas estas personas son claves e irremplazables, entonces mientras mejor sea su formación, más efectiva será la transmisión de la fe.

Nos olvidamos del encuentro personal con Cristo.

Lo más importante es que, cuando se trata de la fe católica, no estamos enseñando conceptos, sino que presentamos a una persona viva: Jesucristo. El problema es que nos olvidamos del encuentro con Jesús, muy probablemente porque no sabemos ni cómo ni dónde hallarlo. 

Es entonces cuando la experiencia de los sacramentos y de la oración se convierte en un aspecto clave, pero no desde la obligación y la rutina, sino desde la sed que tiene un corazón enamorado. Unas excelentes preguntas que debemos hacernos son: ¿Priorizamos los espacios de encuentro con Jesús durante la experiencia escolar? ¿Nuestros profesores, en especial los de formación católica, conocen a Cristo? ¿Están enamorados de él y pueden compartir su presencia?

Estas son sólo algunas de las problemáticas que podemos señalar de manera general. Obviamente, cada escuela es un universo único con sus fortalezas y retos. Ahora hablemos de tres posibles soluciones que podrían revolucionar la enseñanza de la fe y, desde allí, impactar positivamente en nuestro mundo.

Formación del corazón

Nos hemos concentrado en formar la mente y hemos logrado avances asombrosos. Entonces, hemos formado el cuerpo y las competencias físicas han progresado de manera admirable. Por último, si es que quedan recursos y tiempo, hemos formado las conciencias y la fe ha sido utilizada como herramienta para enseñar los aspectos morales. 

Sin embargo, también debemos formar el corazón, el lugar del universo interior, emocional y psicológico de todo ser humano, y el recinto sagrado donde surge la relación con Dios. Lo primero que debemos enseñar es el kerygma (pronunciar “kerigma”, es la proclamación de la Buena Nueva): ese llamado personal a tener una relación íntima con Cristo. Si nuestros estudiantes se gradúan teniendo a Jesús como su mejor amigo, habremos logrado el mejor de los objetivos.

Hablemos sobre la Verdad

Lo mejor del Evangelio no es que sea un mensaje bueno o bello. No, lo mejor del Evangelio es que es verdad y la centralidad de nuestra fe es la victoria de Cristo sobre la muerte. El cristianismo es un acontecimiento: el Verbo Eterno se hizo carne y su resurrección es un hecho histórico que cambió el curso de la humanidad para siempre. 

¿Qué tanto reflexionamos acerca de la Resurrección en nuestras aulas? Hablemos con los jóvenes de la vida eterna, de nuestro llamado a la santidad y de la salvación de las almas. Sólo entonces empezaremos a ver conversiones dentro y fuera del aula.

Evangelizar a nuestros educadores

Los jóvenes escuchan a los predicadores, pero siguen e imitan a los testigos. Para transformar la educación católica, es indispensable catequizar a quienes enseñan, en especial a quienes enseñan la fe. Démosles a nuestros maestros el tiempo y los recursos para tener un encuentro personal con Jesús. 

Si sólo damos información, pero no damos testimonio ni ejemplo, los estudiantes nunca creerán en nuestro mensaje. Si el maestro no vive la fe, no experimenta el amor de Dios ni lo comparte, ¿qué ejemplo esperamos que sigan nuestros jóvenes? El compromiso personal con Cristo es lo que marca la diferencia.

La formación del corazón va antes que la de la conciencia, la mente y el cuerpo. Si logramos modelar ese lugar precioso en nuestros estudiantes y profesores, tendremos la certeza de que estamos construyendo un futuro en el que la victoria de la resurrección de Jesucristo y el amor divino darán frutos de vida eterna en un mundo sediento de verdad.