| Por Cristina Sullivan

¿Quién busca a quién?

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Este año se cumplen los 250 años de la Declaración de Independencia y, casualmente, me estoy preparando para convertirme en ciudadana de los Estados Unidos. Como bien saben quienes han pasado por este proceso, es necesario estudiar para un examen cívico, y al leer el capítulo acerca de la Declaración de la Independencia me llamó bastante la atención que la “búsqueda de la felicidad” sea uno de los derechos inalienables de cada ciudadano. 

Algunas preguntas fueron inevitables, porque cuando se declara un derecho es porque alguien, en algún momento, lo transgredió. Entonces, ¿cómo se viola este derecho? ¿Quién podría oponerse a que alguien busque la felicidad? Comprendí que se trataba del derecho a la libertad económica: que las personas trabajen y se dediquen a lo que quieran, que reciban un salario por hacerlo y que puedan gastar ese dinero en lo que les plazca. 

El gobierno británico fue quien violentó este derecho al reglamentar severamente la actividad económica de la colonia americana y exigir impuestos elevados a sus habitantes. Como bien sabemos, esa fue una de las causas de la lucha por la Independencia.

Si la libertad económica es la verdadera razón detrás de este derecho, eso no necesariamente significa que la persona esté buscando su felicidad, y mucho menos que la esté encontrando. Entonces me surgió otra pregunta: ¿Es posible encontrar la felicidad, o se trata sencillamente de una búsqueda interminable?

Para responder a estas dudas busqué en el Catecismo de la Iglesia Católica el término “felicidad”. Para mi sorpresa, encontré más de una respuesta, porque la moralidad cristiana está asentada en la eterna vocación que Dios ha dado a cada persona: la bienaventuranza. Todos tenemos un deseo de felicidad inscrito en nuestro corazón, y en ese deseo hay una llamada a la conversión, al encuentro y a la intimidad con Dios. “Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (CIC 1718).

Recordemos que las bienaventuranzas son la radiografía del corazón de Jesús, porque describen su infinita caridad; además, iluminan nuestras acciones y detallan las características de la vida cristiana. Son las promesas que sostienen nuestra esperanza durante las tribulaciones, porque nos anuncian las bendiciones y recompensas que ya han sido principiadas en los santos. 

Entonces, se puede decir que la búsqueda de felicidad, más que un derecho, es una característica intrínseca del ser humano, pues hemos sido diseñados con un anhelo de bienestar que solo se satisface con lo eterno. Incluso se puede afirmar que esta búsqueda es la raíz de ser religiosos, porque responde a la sed del alma, una sed que no será satisfecha con nada que no sea infinito. 

Es como si Dios hubiera dejado inscrito en cada corazón un anhelo de trascendencia, y la felicidad fuera la brújula que nos permite encontrar aquello —o, mejor dicho, Aquel— que puede satisfacerlo. 

Entonces me surge una pregunta clave: ¿Quién busca a quién? ¿Nosotros a la felicidad o ella a nosotros? Porque es ella la que orienta el anhelo que nuestra alma siempre tendrá de Dios. “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del ser humano porque hemos sido creados por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraernos hacia sí, y sólo en Dios encontraremos la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (CIC 27).

Al celebrar los 250 años de una nación que reconoce como derecho inalienable la búsqueda de la felicidad, celebremos que ya la hemos encontrado —o, más bien, que ella nos ha encontrado a nosotros—, porque la felicidad tiene un nombre: Cristo.


Cristina Umaña Sullivan es una socióloga cultural que se ha dedicado a la evangelización durante más de 10 años con especialidad en Teología del Cuerpo y creación de identidad desde una perspectiva cristiana. Envíe un correo electrónico a fitnessemotional@gmail.com.