| Por Cristina Umaña Sullivan

¿Nos encontraremos con nuestras mascotas en el cielo?

El 4 de octubre se celebra el Día Mundial de los Animales en honor a San Francisco de Asís, por el ejemplo que dejó al glorificar a Dios sirviéndose y cuidando de todas sus criaturas. Si eres una persona que tiene mascotas o que disfruta de la presencia de los animales, posiblemente te has preguntado qué sucede con ellos cuando mueren. ¿Pueden ir al cielo? Para conmemorar esta fiesta, quise compartir algunas respuestas que encontré a estas preguntas. 

Santo Tomás de Aquino enseñó que las mascotas no van al cielo, basándose en la distinción que él hace entre el alma de los animales y el alma racional que poseen los seres humanos y los ángeles. Según Santo Tomás, el alma racional fue creada y está orientada hacia una realidad trascendental, como lo es el cielo; en cambio, el alma animal fue creada para una realidad material, propia del mundo terrenal.

Entonces, al terminar esta vida se cumple el propósito del alma animal, mientras que las almas racionales alcanzan su fin, que es el cielo. Si el destino último y verdadero del alma racional es la unión con Dios, entonces el cielo es el lugar donde se realiza ese gran objetivo: participar de la gloria divina y vivir en una unión perfecta de amor. Según Santo Tomás, los animales no gozan de esta participación.

Ahora bien, al buscar alguna respuesta a esta pregunta en el Catecismo de la Iglesia Católica, encontré los siguientes argumentos:

  • “Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza” (319).
  • “La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente” (340).
  • “Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador, y que todas están ordenadas a su gloria” (344). Inmediatamente después en este pasaje, se encuentra el Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís.

Estos argumentos señalan que la creación no existe en un vacío ni de manera desarticulada, sino que Dios nos ha creado de tal manera que todas las criaturas nos sirvamos mutuamente y dependamos unas de otras. Por ejemplo: ¿qué sería de nosotros si no existiera el reino vegetal? 

Hoy en día sabemos que las verduras —pertenecientes a este reino— son parte esencial de una dieta saludable. Además, el conocimiento científico que hemos desarrollado nos ha permitido cuidar a los animales, e incluso salvarlos, de manera más efectiva. Hay miles de ejemplos como estos que muestran que la interdependencia de la creación es una realidad y que ninguna criatura se basta a sí misma, ni siquiera el ser humano.

Existen muchos pasajes en las Escrituras que nos permiten suponer que nos encontraremos con una creación redimida y perfeccionada al final de los tiempos. San Pablo dice: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros” (Rm 8, 22-23). 

El mundo que Dios creó participa del proceso de redención que Cristo inauguró con su resurrección. Todas las criaturas, incluidas las mascotas, han sido creadas para la gloria de Dios; y si Jesucristo nos ha prometido una vida nueva y una tierra nueva al final de los tiempos, esto podría significar que no sólo nosotros seremos redimidos, sino que toda la creación también participará de esa gloria.

La respuesta final la sabremos en la otra vida; pero, por ahora, nuestra forma de relacionarnos con los animales —y con toda la creación— debe darle gloria a Dios, porque de eso se trata nuestro objetivo último. Esforcémonos para que nuestra manera de cuidar a nuestras mascotas y al medio ambiente sea un testimonio de la solidaridad e interdependencia que Dios ha querido para su creación. Respetemos la bondad inherente a toda criatura, evitando usos desordenados, y honremos la gloria del Creador de todas las cosas.