Misión cumplida
La Ascensión de Cristo es la fiesta de nuestra esperanza porque celebramos una promesa cumplida. Es decir, celebramos el hecho de que Jesús cumplió la misión que el Padre le había encomendado: la redención del mundo. Es el momento en el que Cristo regresa a su morada celestial y, al mismo tiempo, la celebración de que las puertas del cielo también han quedado abiertas para nosotros. Lo mejor es que lo volveremos a ver cuando nosotros también hayamos cumplido nuestra misión.
La Ascensión de Cristo es la fiesta de nuestra esperanza porque celebramos una promesa cumplida. Es decir, celebramos el hecho de que Jesús cumplió la misión que el Padre le había encomendado: la redención del mundo. Es el momento en el que Cristo regresa a su morada celestial y, al mismo tiempo, la celebración de que las puertas del cielo también han quedado abiertas para nosotros. Lo mejor es que lo volveremos a ver cuando nosotros también hayamos cumplido nuestra misión.
Si leemos con atención el pasaje de la Ascensión, podemos encontrar que se nos anuncian tres cosas: nuestro rumbo, nuestra prioridad y nuestros soportes y amparos. Vamos a desglosar cada una de ellas.
Nuestro rumbo: al subir al cielo, Jesús nos abre el camino a nuestra patria definitiva. Su misión era venir al mundo para llevarnos a Dios: por nosotros descendió del cielo y, aunque parezca extraño, por nosotros ascendió otra vez. Sin embargo, él no regresó al cielo igual que vino, sino que regresó habiendo encontrado a la oveja perdida y la llevó en sus hombros; así es como retornó al Padre.
La primera persona perfectamente redimida que es llevada al cielo es María; fue asunta al cielo en cuerpo y alma. La Ascensión de Jesús está plenamente reflejada en la Asunción de María y seguirá reflejándose en la salvación de cada alma.
Lo que el Señor quiere transmitirnos con esta fiesta es que debemos cultivar más afecto y amor al cielo, tener una mayor conciencia de que allí está nuestro hogar, nuestra patria definitiva. Cultivemos la sed del paraíso, de nuestra casa paterna, sabiendo que esa es nuestra meta y nuestro rumbo.
Nuestra prioridad durante el camino: si queremos saber cuál es nuestra misión para cumplirla como Jesús lo hizo, tenemos una gran ayuda, porque él nos dejó muy clara la prioridad durante nuestro caminar hacia la patria celestial.
Al momento de ascender a los cielos, la última encomienda que Jesús les hace a todos es: “vayan y anuncien (...) vayan y proclamen (...) vayan y bauticen” (Mt 28:19-20). Es decir, nuestra misión, la Gran Comisión, es la evangelización; esta es la prioridad de nuestra vida; no hay tarea más importante.
Para ello, recibimos en Pentecostés el don del Espíritu Santo, pues con él podemos ser testigos del resucitado; ese es el sentido de nuestra vida y de nuestra prioridad en el camino al paraíso.
Nuestros soportes y amparos: el relato de la Ascensión también nos muestra cuáles son nuestros apoyos, uno de ellos es el momento cuando los discípulos, al ver ascender a Jesús, se dirigieron al cenáculo. Por lo tanto, en el Cenáculo encontraremos nuestro amparo viviendo en comunión y siendo Iglesia.
Es un recordatorio para evitar la separación y la disgregación porque estamos llamados a permanecer unidos. El Cenáculo es el lugar donde Jesús instituyó la Eucaristía. Allí encontramos nuestro segundo auxilio: el banquete celestial, aquel momento en el que podemos entrar en la más íntima comunión con las tres personas de la Trinidad.
Además, en el Cenáculo podemos encontrar a la mejor de las compañías, María. Ella es otra de nuestras apoyaturas; es nuestra madre, quien nos dispensa cada gracia que Dios nos regala. Estamos unidos con María en el Cenáculo, pues allí entramos en comunión con Dios y entre nosotros.
Nuestro gran apoyo es ser Iglesia, recibir la Eucaristía y reclinarse en María.
La Ascensión es el complemento de la Encarnación: Dios en el hombre y el hombre en Dios. En esto se funda la esperanza cristiana porque nuestra esperanza está anclada en una promesa satisfecha, en una misión cumplida, en las puertas del paraíso abiertas de par en par por el autor de la vida. Encarnación y Ascensión son unas anclas que vinieron al mundo y están enlazadas en el cielo donde Cristo nos ha precedido.
Cristina Umaña Sullivan es una socióloga cultural que se ha dedicado a la evangelización durante más de 10 años con especialidad en Teología del Cuerpo y creación de identidad desde una perspectiva cristiana. Envíe un correo electrónico a fitnessemotional@gmail.com.