Luchando contra el “demonio del mediodía”: la acedia
Publicado el 4 de agosto de 2022 (bulldogcatholic.org).
Utilizado con permiso.
P: A veces quisiera simplemente huir de la vida que llevo. No hay nada realmente malo en ella, pero tengo la sensación de que debería dejar todo atrás y probar algo nuevo. ¿Es esto una señal de que debería hacerlo?
R: Gracias por escribir con esta excelente pregunta. Antes de ofrecer una respuesta que espero te sea útil, quiero detenerme en algo que mencionas: dices que no hay nada malo en tu situación actual. Lo subrayo porque hay personas que, efectivamente, se encuentran en situaciones equivocadas. Tal vez viven con alguien que no es su cónyuge y su conciencia se lo reprocha. En ese caso, esa inquietud puede ser una señal saludable de que algo debe cambiar. O quizá una persona esté siendo víctima de maltrato en su hogar o en el trabajo. Situaciones como esas requieren un discernimiento muy distinto y, probablemente, otro conjunto de pasos a seguir que no abordaré aquí. Dado que indicas que te encuentras en una situación razonablemente buena, asumiré que no se trata de ninguno de esos casos.
Lo que describes corresponde a uno de los siete pecados capitales. Tal vez eso suene alarmante, pero permíteme aclarar qué es un pecado capital. Un pecado capital no siempre constituye, por sí mismo, una materia grave. Más bien, los pecados capitales pueden entenderse como aquellos vicios que conducen a la persona hacia pecados más profundos y destructivos. Podríamos compararlos con una especie de “pecados de entrada”, de manera semejante a como se habla de las “drogas de entrada”. Por sí solos quizá no destruyan la vida de una persona, pero con frecuencia la predisponen a caer en conductas cada vez más dañinas y graves.
El pecado (o, más exactamente, la tentación) que describes se llama acedia. La mayoría de las personas conoce esta tentación por otro nombre: pereza. Yo prefiero el primer término, y en un momento explicaré por qué.
En la Iglesia primitiva, hubo hombres y mujeres que se retiraron al desierto para buscar al Señor en el silencio y la soledad, mediante la penitencia y la oración. Mientras estos ermitaños vivían y oraban en el desierto, desarrollaron una especial claridad para reconocer las diversas tentaciones que los asaltaban mientras procuraban seguir a Jesús con todo su corazón. A partir de esa experiencia, se elaboró una lista de los llamados “pecados capitales”. Los pecados incluidos en esta lista son la soberbia, la ira, la envidia, la gula, la avaricia, la lujuria y la acedia.
Ahora bien, si estuvieras viviendo en el desierto, quizá no te verías confrontado con todas estas tentaciones. Por ejemplo, una persona podría tener que librar una batalla constante contra la avaricia, pero no contra la lujuria. Otra podría luchar con la soberbia, pero estar relativamente libre de la ira. Sin embargo, los ermitaños afirmaban que había una tentación que acosaba a todos sin excepción: la acedia.
Cuando traducimos acedia por la palabra pereza, ocurren un par de cosas. Primero, creemos que ya sabemos lo que significa. Segundo, lo que entendemos normalmente por “pereza” no es, en realidad, lo que significa en este contexto. La mayoría de las personas asocia la pereza o la acedia con la falta de ganas de trabajar, pero la verdadera acedia es mucho más sutil y engañosa que la simple evasión del trabajo. De hecho, quienes llevan una vida extremadamente ocupada también pueden padecerla. Hay personas adictas al trabajo que sufren de acedia.
La acedia no consiste en evitar el trabajo; consiste en evitar el trabajo al que estoy llamado en este momento.
Los padres del desierto llamaban a la acedia “el demonio del mediodía”. La razón era muy sencilla: era precisamente al mediodía cuando esta tentación los atacaba con más fuerza. Imagina que vivieras en una humilde choza en medio del desierto. Entre las diez de la mañana y las dos de la tarde, el sol parecería suspendido en el cielo, inmóvil e implacable. La frescura de la mañana ya habría desaparecido, y la calma refrescante del atardecer todavía estaría lejos. Todo lo que quedaba por hacer era permanecer en la choza y orar, tejer cestas o dedicarse a la tarea que el ermitaño tenía encomendada. Entonces comenzaba a golpear a las puertas de la mente una profunda sensación de descontento, insistiendo en que había que levantarse e ir a hacer otra cosa. No importaba qué. A veces la tentación consistía en regresar a la sociedad para predicar el Evangelio o servir a los pobres; otras veces, en visitar a otro ermitaño para mantener una conversación espiritual. ¡Cosas buenas, incluso! Pero, independientemente de cuál fuese la tentación concreta, el impulso era siempre el mismo: abandonar la propia choza y hacer algo distinto, cualquier cosa distinta.
Todos hemos pasado por eso. Hemos dicho “sí” a nuestro estado de vida, ya sea el matrimonio, la vida religiosa, el sacerdocio o la vida consagrada en la soltería, y después llega ese momento en que simplemente queremos “abandonar nuestra choza” y hacer cualquier cosa menos aquello a lo que estamos llamados en ese momento. ¡Este no es el momento de huir! Este es el momento de adentrarnos aún más profundamente en el momento presente y en la misión que hemos recibido.
¿Hay un momento para discernir otro estado de vida? Tal vez lo haya (aunque no si ya hemos hecho una promesa permanente). Pero el tiempo de la tentación y de la desolación no es el momento para dar ese paso. El momento de hacerlo es cuando nos estamos moviendo hacia el llamado de Dios, no cuando estamos huyendo de él.
El padre Michael Schmitz es director del ministerio para jóvenes y adultos jóvenes de la Diócesis de Duluth y capellán del Newman Center en la Universidad de Minnesota, Duluth.