La transfiguración es el momento para glorificar la Cruz
El pasaje de la Transfiguración acontece en medio de un escándalo que atravesó no solo el corazón de Pedro, sino que sigue atravesando muchos corazones hoy en día: la realidad de que Cristo es el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, de que debía padecer la peor de las condenas.
El pasaje de la Transfiguración acontece en medio de un escándalo que atravesó no solo el corazón de Pedro, sino que sigue atravesando muchos corazones hoy en día: la realidad de que Cristo es el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, de que debía padecer la peor de las condenas.
Recordemos que, justo antes de este gran momento, Pedro reconoce la naturaleza divina de Cristo diciendo “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Acto seguido, cuando Cristo les anuncia la pasión que iba a sufrir y Pedro le pide evitar ese sufrimiento, él responde con palabras bastante duras: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! … tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mt 16, 23). Es un conflicto que muchos de nosotros vivimos en nuestro camino de fe, porque es natural preguntarse: ¿por qué Cristo, siendo Dios, no decide evitar y suprimir el sufrimiento, incluido el suyo propio?
He aquí la gran pregunta que ha llevado a muchos a perder la fe, porque pareciera que Dios no pudiera hacer nada para remediar la muerte, las guerras, el hambre, las enfermedades y, en este episodio, incluso su propia muerte. Sin embargo, la respuesta de Jesús, aunque dura, es una luz en nuestro camino, porque señala con claridad que esta forma de pensar sigue la lógica del enemigo, no la de Dios.
Satanás utiliza las consecuencias de sus propias artimañas y de su decisión de no servir a Dios como si fueran una prueba de que Dios no se interesa por nosotros, de que no nos cuida y, más aún, de que no es realmente Dios porque no puede evitar que el mal exista. El asunto es que Dios no creó el mal; el mal es el terrible resultado de alejarse del bien.
Dios es el mayor bien; su plan es bueno, sus obras son buenas, su amor es bueno. Permanecer en el bien, permaneciendo en el amor de Dios —es decir, guardando sus mandamientos (Jn 15, 9). Justamente eso fue lo que Satanás no quiso hacer, y de ahí surgió el mal con todas sus consecuencias: pecado, enfermedad, sufrimiento y muerte.
Ahora bien, Dios es tan poderoso y omnipotente que es el único que pudo abrazar el mal en su máxima expresión: morir bajo la peor de las condenas que se ejecutaban en su momento, la cruz. Esta decisión implicó varias cosas.
La primera: que Dios no es indiferente ante las consecuencias del mal; que se preocupa de tal manera por nuestra salvación y redención que libremente vino a desagraviar por nosotros, porque nadie más podía hacerlo. La segunda: que tiene el poder de padecer lo peor de lo peor y resurgir de las cenizas. Solo él tiene el poder de retornar victorioso después de la peor de las muertes, de triunfar por encima del mal y de sus brutales consecuencias.
La Transfiguración es un episodio clave porque, justo después de que Cristo anuncia su padecimiento y muerte, decide mostrar su gloria. Acontece en lo alto de una montaña; no sabemos su nombre, pero a menudo se le identifica como el Monte Tabor. Son tres los apóstoles elegidos para este momento tan íntimo del Señor: Pedro, Santiago y Juan. No es casualidad que estos tres discípulos sean también los tres testigos del máximo abajamiento y sufrimiento de Jesús en Getsemaní, ese momento en que él experimenta la prueba y la humillación máxima.
Los testigos de la gloria están siendo preparados para ser también testigos de la humillación del Hijo de Dios. Convenía que, antes de subir a Jerusalén, tuvieran la experiencia de la gloria de Jesús; por eso ven a Cristo reluciente y tiene lugar esa teofanía —cuando Dios se manifiesta como Dios a los seres humanos— en la que Moisés y Elías aparecen junto a Jesús, y los dos profetas le hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén. Es decir, la ley y los profetas hablan de cómo será la pasión, siendo ésta la puerta de entrada en la gloria.
Así nos lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: al hablar con Moisés y Elías sobre su “partida” (Lc 9,31), Jesús revela que su gloria viene a través de la cruz y anticipa su resurrección y su gloriosa venida: “Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso” (Fil 3, 21) (ver CIC 554-555).
La Transfiguración es el momento en el que se prepara el corazón de los apóstoles y el de todos nosotros para que entendamos que la cruz es gloriosa, que no hay resurrección sin primero morir; que estamos llamados a superar ese miedo, ese pavor que Pedro también sintió cuando se anunció la muerte de Cristo.
En este mes en que celebramos la fiesta de la Transfiguración (el 6 de agosto), vayamos a nuestro Monte Tabor y busquemos la gloria del Señor. Sólo allí encontraremos las fuerzas necesarias para no tener miedo de ir camino a Jerusalén, de cargar con nuestra cruz y de darle gloria a Dios con nuestra vida.