| Por Cristina Sullivan

La Sagrada Escritura: fuente de vida para la Iglesia

“La fe cristiana no es una religión del libro, sino de la Palabra de Dios: no es una palabra escrita y muda, sino que es el Verbo encarnado y vivo”. –San Bernardo de Claraval

La Biblia es un tema siempre vigente y lleno de preguntas. Algunas de estas preguntas, lejos de poner en riesgo nuestra fe, pueden ser una fuente de enriquecimiento y fortalecimiento espiritual.

Si sabemos quiénes fueron las personas que escribieron la Biblia, ¿por qué se dice que Dios es el autor?

Para responder a esto, es fundamental comprender que Dios no ha dictado la Biblia, sino que el Espíritu Santo ha inspirado a los autores, lo cual es muy distinto. Esta es una de las diferencias radicales entre el cristianismo y el islam: el islam afirma que el arcángel Gabriel le dictó el Corán a Mahoma en una cueva. Nosotros afirmamos que el Espíritu Santo ha inspirado a las personas que han puesto por escrito sus palabras.

La sagrada Escritura es la Palabra de Dios en las palabras de hombres. Por eso, cada libro tiene su propio estilo, que contribuye a una misma unidad y se resume en una palabra: Cristo. Ya que Dios le regaló a cada autor de la Biblia su estilo y su personalidad, la inspiración divina no los borra ni elimina en el momento de escribir, sino que los utiliza en su favor.

El cristianismo no es la religión del libro, sino la religión de la Palabra, porque nuestra fe no surge de un escrito, sino de Dios quien nos habla. San Jerónimo dice: “Leer la sagrada Escritura es dialogar con Cristo”. Los cristianos no nos relacionamos con un objeto sino con una persona que se revela y quiere establecer una conversación íntima con nosotros. “Al adentrarnos en la sagrada Escritura, encontramos nuestro descanso seguro y tranquilo en las llagas del Salvador” (San Bernardo). Al abrir la Biblia nos encontramos con el Verbo hecho carne que ha inspirado esas palabras. En la sagrada Escritura encontramos al mismo Padre, al mismo Hijo y al mismo Espíritu que dialogan con nosotros.

¿Este texto sigue vigente a pesar de los siglos que han pasado? ¿Por qué seguir leyendo un texto tan antiguo?

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35). Los discursos de los seres humanos son transitorios e imperfectos: lo que aseguramos hoy puede sonar ridículo, incluso falso y ofensivo, el día de mañana. Además, en muchas ocasiones nosotros decimos una cosa y hacemos exactamente lo opuesto. 

La Palabra de Dios, por el contrario, hace lo que dice: la Palabra de Dios acontece. Es decir, lo que sale de su boca es realidad y fuente de vida presente y de vida eterna. Pensemos en esto: el Evangelio que escuchamos el domingo pasado se ha proclamado desde hace 2.000 años y no ha cambiado. Es una verdad que sigue vigente y que necesitamos escuchar para saber qué  hacer en el momento presente. Además, la Biblia es palabra viva y eficaz, lo que significa que siempre que nos acerquemos a la sagrada Escritura pidiendo la intercesión del Espíritu Santo, nos encontraremos con la respuesta que Dios nos quiere dar en ese momento de nuestra vida.

¿Cualquier persona puede leer la Biblia?

Sí. La Iglesia exhorta la lectura frecuente de la sagrada Escritura, pues como bien dijo San Jerónimo: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. Todos los santos que han tenido una relación profunda con Jesucristo, afirman que la Escritura fue un componente fundamental en dicha relación. Es la luz que nos guía durante nuestro camino al cielo: “Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino” (Sal 119,105). 

Apoyarnos en la Palabra de Dios es la clave para ver la realidad con los ojos de Cristo; es aprender a discernir con la luz de la revelación. Dios no quiere que caminemos en tinieblas o perdamos la pista, sino que quiere alumbrar nuestros pasos para que lleguemos al puerto de la salvación eterna: es la luz que nos guía en este caminar.

Su palabra también es manantial y alimento de vida eterna: “Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34). La sagrada Escritura es la herramienta con la que Cristo nos da a conocer la voluntad del Padre para ayudarnos a cumplirla con la misma generosidad y obediencia que él. Obviamente Jesús no necesitaba de la Escritura para conocer la voluntad del Padre, pero nosotros sí la necesitamos. Recibir la sagrada Escritura es recibir la vida de Cristo, es entrar en comunión con él.

¿Cuál es la mejor manera de leer y comprender la Biblia?

Cuando pedimos la luz y sabiduría del Espíritu Santo, encontramos el mejor camino. Así tendremos la certeza de que se nos abrirán los ojos y el corazón para comprender lo que Dios nos está pidiendo en cada momento. La santísima Trinidad se nos revela al entregarnos la Escritura para que la conozcamos, nos dejemos amar por Dios y podamos compartir este amor con el mundo entero.

Así como la filosofía surge de las preguntas más profundas del ser humano, la teología surge de las respuestas que Dios da a estas preguntas. ¿Conocemos las respuestas de Dios? ¿Sabemos escuchar su voz y encontrar su mensaje de amor? Conocer la sagrada Escritura nos permite no solo encontrar la respuesta de nuestra existencia, sino ayudar a los demás en esta misma búsqueda. Todas las preguntas acerca de Dios tienen su respuesta en la Escritura, y si la Iglesia dejara de predicar la Palabra de Dios, entonces dejaría de hacer su trabajo y de llevar a cabo su misión.

“La sagrada Escritura proporciona apoyo y vigor a la vida de la Iglesia. Para sus hijos es firmeza de la fe, alimento y manantial de vida espiritual. Es el alma de la teología y de la predicación pastoral” (Catecismo de la Iglesia Católica, 24).