| Por Cristina Sullivan

La fiesta de ser hijos libres y amados

¿Qué sería de nosotros si Cristo no hubiera resucitado? Imaginemos, por un instante, qué sería de la historia del mundo y de nuestra historia personal si Cristo no hubiera venido a salvarnos.

Celebrar el triduo pascual no solo nos permite ahondar en la realidad de nuestra salvación, sino que también nos invita a penetrar en el evento más crucial de la historia de la humanidad, que sigue siendo una fuente activa de gracia y salvación. Lo mejor de todo es que, desde ya, podemos empezar a vivir la promesa de la resurrección y disfrutar de la vida nueva que Cristo nos ha conseguido con su entrega.

¿Cómo podemos hacerlo? De dos maneras concretas: abrazando nuestra identidad de hijos de Dios y viviendo en la libertad que Jesús nos alcanzó con su sacrificio.

Hijos de Dios

La vida de nuestros padres, la manera en que nos criaron, lo que nos enseñaron y el amor que nos dieron son las experiencias más significativas de nuestra vida. Forman nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestra actitud ante los desafíos. 

Independientemente de cómo haya sido esa relación, nuestros padres son apenas un reflejo imperfecto de la paternidad de Dios. Es como intentar fotografiar un lugar hermoso: siempre se quedará corto, porque la realidad supera con creces la imagen. Lo mismo sucede con la paternidad de Dios: ni siquiera la mejor relación entre padres e hijos se compara con el amor de Dios Padre para con cada uno de nosotros.

Si no somos conscientes de este regalo, desperdiciamos incalculables gracias y bendiciones y nos será más difícil abrazar nuestra verdadera identidad. Vivamos, pues, como hijos amados: descansemos en los brazos de nuestro Padre, aprendamos de él, dejémonos cuidar y confiemos en su providencia. Vivir con actitud de huérfanos no solo nos hace daño en todos los niveles, sino que es una ofensa hacia Dios, quien anhela disfrutar el hecho de ser nuestro Padre.

Nuestra libertad en Cristo

La segunda manera de celebrar la Resurrección es abrazar nuestra libertad. Todos los seres humanos compartimos una misma realidad: la muerte. Sin embargo, para los cristianos esta realidad es fuente de alegría, porque la entrega de Cristo no solo significó el perdón de nuestras culpas, sino que abrió de nuevo las puertas del paraíso.

Celebramos que, después de esta existencia marcada por el pecado original, podremos disfrutar de la verdadera vida. No está sometida al yugo de la enfermedad ni al de la muerte, precisamente porque Cristo vino a liberarnos de la maldición del pecado.

Somos realmente libres y eso significa que los sufrimientos y pesares de esta vida son pasajeros y no tienen la última palabra. Ninguna lotería, premio o promesa terrenal podrá jamás comprar lo que se nos ha dado: las puertas del más especial de los lugares están abiertas para nosotros, y desde ya es posible disfrutar del paraíso por el mérito del sacrificio de Jesús.

El camino de la santidad

¿Cómo vivir plenamente esta realidad de ser hijos de Dios y estar libres del pecado? Siendo santos. La santidad no es simplemente evitar el pecado y hacer el bien; esos son solo los primeros pasos. La santidad implica convertirnos en nuestra mejor versión. 

Cuando nos apropiamos de nuestra identidad de hijos de Dios, empezamos a irradiar el parentesco que tenemos con él. A evidenciar con mayor claridad el hecho de haber sido creados a su imagen y semejanza.

Solo quienes anhelan vivir en la libertad de ser hijos de Dios comprenden que la santidad es el mejor estilo de vida, el mejor objetivo y la mayor alegría del corazón.

¡Celebremos la resurrección abrazando nuestra identidad de hijos libres y amados!


Cristina Umaña Sullivan es socióloga cultural que se ha dedicado a la evangelización durante más de 10 años, con especialidad en Teología del Cuerpo y en la creación de identidad desde la perspectiva cristiana. Envíele un correo electrónico a fitnessemotional@gmail.com.