| By Cristina Umaña Sullivan

La cruz, nuestro dolor y la gratitud que permanece

¿Sabes cuándo dice el Catecismo de la Iglesia Católica que debemos dar gracias a Dios? Resulta que “todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias” (2638).

Es fácil agradecer cuando recibimos las bendiciones que anhelábamos desde hace tiempo, cuando nos sorprende una buena ventura, cuando las cosas salen bien y prosperan. Pero ¿cómo podemos seguir el ejemplo del buen Job y dar gracias a Dios en medio de nuestras desgracias? 

Las circunstancias difíciles y agobiantes, los momentos de dolor o pérdida, las desgracias y las tragedias son una prueba exigente no sólo para nuestra salud emocional, física y mental, sino también para nuestra vida espiritual. Estos momentos pueden despertar dudas sobre la presencia, la bondad y el cuidado de Dios hacia nosotros. Incluso Jesús, clavado en la cruz, alza sus ojos al cielo y exclama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse es cómo podemos dar gracias cuando nuestras almas se sienten desgarradas.

Hay una tarea que muchas personas desestiman, ya sea por la exigencia emocional que conlleva o por la falta de recursos afectivo-psicológicos, pues la educación emocional no es una prioridad en nuestro sistema. Se trata de permitirnos sentir. ¿Sentir qué? El dolor, la rabia, la impotencia, el remordimiento, la tristeza… Los momentos difíciles están cargados de agitación, y a muchos de nosotros nos enseñaron que las emociones negativas deben ser ignoradas, reprimidas e incluso evitadas a toda costa.

A veces evitamos el dolor porque nos da miedo aceptar que no sabemos qué hacer. A veces no nos permitimos estar tristes porque nadie nos ha enseñado ni nos ha dado ejemplo de qué hacer con la aflicción.

Sin embargo, si nos permitimos sentir, llorar, reflexionar, recordar, despedirnos u ocuparnos de cualquier otra necesidad emocional que podamos tener, quizás encontremos alivio e incluso hallemos algunas luces que puedan alumbrar nuestra noche oscura. 

El consejo que acabo de compartir lo recibí de un sacerdote que me dejó como penitencia escuchar mis emociones y tratar de encontrar la razón de su presencia. Él utilizó una analogía que me ha servido a lo largo de los años. Me dijo que imaginara que las emociones son como una visita que toca a la puerta de mi casa: se quedarán allí hasta que les abra y les permita entrar. Una vez que estén adentro, van a decirme muchas cosas; la idea es escucharlas con atención para comprender los hechos y las decisiones que las despertaron. Cuando hayan cumplido su labor, podemos dejarlas salir.

Es preciso señalar que no es necesario seguir las instrucciones que nos den nuestras emociones como si fueran órdenes, del mismo modo que las sugerencias de nuestras visitas reales no son mandatos que debamos ejecutar: ellas no son las dueñas de la casa; los dueños somos nosotros. Lo importante es no reprimir nuestro mundo interior ni nuestra realidad profunda, porque allí hay innumerables herramientas necesarias para procesar los momentos más difíciles y los desafíos que tengamos que afrontar. 

Hay situaciones que, humanamente, nos superan, que nadie puede revertir o que no tienen vuelta atrás una vez suceden. La muerte es la más acuciante de estas realidades, y ninguno de nosotros puede hacer nada para combatirla. Sólo Jesucristo pudo vencer la muerte, y su resurrección cambió la historia para siempre. Personalmente, no juzgo a quienes consideran que es un cuento de locos; en realidad, es difícil creer que Cristo despertó de entre los muertos.

Sin embargo, nuestra vida cambia cuando nos abrimos a la presencia de aquel que tiene el poder no sólo de sanar a los demás, sino de levantarse a sí mismo de la tumba. De eso se trata el cristianismo: de experimentar el poder de Cristo para ser testigos de la resurrección. Cuando experimentamos en primera persona que Cristo está vivo, entonces abrazamos toda circunstancia que Dios permita en nuestra vida, sabiendo que la última palabra la tiene él y que la muerte ya no tiene efecto en nosotros. 

Decir adiós a quienes amamos es de lo más doloroso que podemos experimentar, así como cuando la Virgen tuvo que recibir en sus brazos el cuerpo inerte de su Hijo. Sin embargo, los cristianos tenemos el enorme consuelo de saber que esta vida es efímera, que todo pasa excepto nuestro Dios. Sabemos que llegará el día en que nuestra tristeza se convertirá en alegría, porque nuestro Dios es el Dios de la vida eterna, del amanecer sin ocaso, del paraíso sin enfermedad, pecado ni muerte. Mientras más real es la cruz, más vigorosa es la Resurrección.

Entonces comprenderemos que todo lo que Dios permite que vivamos es para que experimentemos su poder, su amor y su providencia con mayor intensidad. Demos gracias a Dios siempre y en todo lugar; es la mejor manera de ser hijos en el Hijo, quien dio su vida para que la muerte no tenga poder sobre nosotros.


Cristina Umaña Sullivan es socióloga cultural que se ha dedicado a la evangelización durante más de diez años, con especialidad en Teología del Cuerpo: fitnessemotional@gmail.com.