El plan más importante
Una de las preguntas que dan orden y perspectiva a la vida es: ¿cuál es el propósito de mi existencia? Conviene tomarla en serio, porque de ella dependen nuestras decisiones más cruciales. Cristo nos dejó una tarea concreta: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5, 48).
Una de las preguntas que dan orden y perspectiva a la vida es: ¿cuál es el propósito de mi existencia? Conviene tomarla en serio, porque de ella dependen nuestras decisiones más cruciales. Cristo nos dejó una tarea concreta: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5, 48).
Esta perfección no es la humana: es perfección en el amor, en la entrega y en el perdón; es amar como Cristo nos amó. Estamos llamados a ser santos a pesar de nuestras imperfecciones y las del prójimo. No se trata de la neurosis perfeccionista de nuestra humanidad caída, que huye de los defectos y se esconde de la debilidad, sino de seguir adelante sin darnos por vencidos, aprendiendo a amar y a perdonar aun en medio de nuestra miseria.
La santidad es uno de los puntos de mayor tensión entre protestantes y católicos, porque la Escritura afirma que solo Dios es santo. ¿Por qué nos pide Cristo algo inalcanzable para nuestra naturaleza? Porque, gracias a la Encarnación, esa naturaleza ha sido restaurada. El Hijo no perdió su divinidad al hacerse hombre; al contrario, dio a la carne humana la capacidad de participar de la perfección divina.
Hay que evitar dos errores opuestos. El primero es el pelagiano, que afirma la libertad en detrimento de la gracia: cree que nos santificamos por nuestro propio esfuerzo, olvidando que sin la gracia de Dios no somos nada. El opuesto es el polo luterano, que afirma la gracia en detrimento de la libertad: la santidad sería un don que no requiere nuestra colaboración, y bastaría creer en Cristo para salvarse, sin importar la responsabilidad personal ante el bien o el mal.
Así como la virtud está en el punto medio, la santidad se encuentra entre estos dos polos. De Dios recibimos la gracia para discernir, la fortaleza para actuar, la sabiduría para comprender, la humildad para relacionarnos y la libertad para amar: todo lo necesario para hacer el bien. Pero depende de nosotros optar por él, y nadie puede reemplazarnos al responder a la invitación de Dios. En eso consiste la libertad: decir “sí” personalmente a su plan, no como robots preprogramados.
¿Cómo empezar a caminar en santidad? Hay un camino objetivo y universal, y otro subjetivo y personal. Ambos son igual de importantes.
Objetivo y universal. La santidad es vivir el amor: amar a Dios y a los hermanos siguiendo el ejemplo de Cristo, en lo cual se resumen toda la ley y los profetas. Una base común son los diez mandamientos, principio y resumen de lo que significa amar.
Lejos de ser meras prohibiciones, protegen nuestra libertad y nos enseñan a relacionarnos bien con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Cumplirlos de corazón es garantía de que respondemos a la gracia divina.
Subjetivo y personal. No hay dos misiones iguales. Copiar el camino de nuestro santo favorito no funcionará, porque no compartimos su llamado, sus circunstancias, sus talentos ni su lugar en la historia. La santidad es la unión con la voluntad de Dios, y la unión de cada uno con él es irrepetible.
Jesús nos lo recuerda: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23). La voluntad de Dios puede cumplirse cada día, en cualquier situación, profesión y vocación. Hoy es el mejor día para hacer lo que Dios nos pide.
“Mirad cómo se aman”, decían los paganos de los primeros cristianos, según Tertuliano. El mundo necesita nuestra santidad. Los santos convirtieron al mundo con su testimonio de amor, no por la fuerza ni con dinero; hoy urgen hombres y mujeres comprometidos con ese amor.
Dios nos promete: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Descansemos en su gracia y ordenemos nuestra vida para que, cuando seamos llamados al encuentro más importante, Dios se alegre de lo que hicimos con los talentos que nos dio. Todos tenemos vocación al amor: hagamos todo el bien que podamos.
Cristina Umaña Sullivan es socióloga cultural que se ha dedicado a la evangelización durante más de diez años, con especialidad en Teología del Cuerpo: fitnessemotional@gmail.com.