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 | Por Dr. Mike Martocchio

Bienvenido, señor obispo

Pero ¿qué es exactamente un obispo?

Si no hemos participado antes en la celebración de una ordenación episcopal (la ordenación de un obispo), la ordenación del Obispo Jacques Fabre-Jeune debería hacernos dar un paso atrás y preguntarnos: “De todos modos, ¿qué es un obispo?” y “¿Por qué es motivo de celebración?”

Cuando leemos la descripción del Sacramento del Orden en el Catecismo de la Iglesia Católica, inmediatamente vemos tres “grados” del dicho sacramento: obispo, presbítero (sacerdote) y diácono. A menudo los leemos al revés, en el orden cronológico en que una persona los recibiría. Pero, hay una razón por la que se nos presentan en este orden.

El Catecismo describe el Sacramento del Orden como “el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos” (CIC 1536). Debido a nuestra comprensión de la apostolicidad del Sacramento del Orden, nuestra comprensión del sacramento en sus diversos grados comienza con el ministerio del obispo y fluye de él. El presbítero (sacerdote), por ejemplo, es ordenado por el obispo para participar en el ministerio sacerdotal confiado a los apóstoles y transmitido a través de sus sucesores, los obispos.

Esto nos lleva a un punto crítico que vemos claramente articulado en la Tradición de la Iglesia ya en el siglo II. Este punto es que el oficio, o ministerio, del obispo es el pegamento que mantiene unida a la Iglesia a través de las generaciones. San Ireneo de Lyon (siglo II) utilizó este hecho para combatir una de las primeras controversias cristianas, la herejía del gnosticismo. Como sugiere su nombre, los gnósticos pensaban que poseían un conocimiento especial (gnosis significa conocimiento en griego) que el cristiano promedio no poseía. Este “conocimiento especial” tendía a menudo a implicar una negación radical del cuerpo, considerando la salvación como la liberación del alma de su prisión corporal -compárelo con nuestra profesión de la resurrección del cuerpo en el Credo- lo que llevó a todo tipo de creencias extrañas por parte de los gnósticos.

En respuesta a esta idea de que algunos cristianos privilegiados tenían un conocimiento secreto, San Ireneo afirma que si alguien hubiera tenido este conocimiento secreto, habrían sido los apóstoles. Y, si lo hubieran entregado a alguien, lo habrían entregado a sus sucesores, los obispos (Adversus Haereses III, 3, 1). Lo importante aquí no es sólo que Ireneo nos esté diciendo acerca de la sucesión apostólica de los obispos sino que parece haber sido ya una idea aceptada, que luego utiliza como base para hacer otro punto.

Los obispos, entonces, siempre han sido la conexión visible de la Iglesia en el presente con los apóstoles y con Cristo mismo. La Iglesia primitiva se fusionó alrededor de los apóstoles en Hechos de los Apóstoles (véase Hechos 2:42), así que siempre ha sido que la Iglesia se congrega alrededor de sus sucesores.

La Iglesia es el Pueblo de Dios y el Cuerpo de Cristo, y es gracias al vínculo con Cristo a través de sus apóstoles y obispos que nosotros, como miembros individuales de la Iglesia, podemos comprender nuestra identidad fundamental. Los apóstoles y sus sucesores, con la Iglesia reunida en torno a ellos, tienen la misión de hacer presente a Cristo en el mundo a lo largo de las generaciones.

Al celebrar el don del ministerio del obispo y al ver que esa línea de sucesión ininterrumpida continúa de nuevo aquí con la ordenación del obispo Fabre, inspirémonos para compartir la Buena Noticia de la presencia continua del Señor en el mundo de hoy a través de su Iglesia.


El doctor Michael Martocchio es secretario de evangelización y director de la Oficina de Catequesis e Iniciación Cristiana. Escríbele un correo electrónico a mmartocchio@charlestondiocese.org.